lunes, mayo 19, 2008

Vida y destino


Este artículo -con muy pocos cambios- apareció en Artes y Letras, diario El Mercurio, el domingo 6 de abril. Acaba de llegar a Chile una nueva edición de Vida y destino bajo el sello Lumen, más barata que la de Galaxia Gutenberg.

Sin duda, la aparición de esta novela, directamente traducida del ruso, fue uno de los acontecimientos literarios más importantes en el ámbito de la lengua española. No sólo porque es una de las grandes obras narrativas del siglo XX, sino también porque ha logrado un impresionante éxito de público. Que la crítica la celebre, es una cosa; que una novela de más de mil páginas ingrese a las listas de libros más vendidos, una muy diferente.

En 1985, Seix Barral publicó una edición de Vida y destino, pero traducida del francés. Eran 800 páginas en letra pequeña, difícil de leer, y pasó totalmente desapercibida. Tampoco la edición inglesa tuvo mayor repercusión, aunque sí fue éxito de ventas en Francia. Más de veinte años después, y en buena medida gracias a la obra del historiador inglés Anthony Beevor, que editó y publicó los diarios de corresponsal de guerra del escritor ruso, Vida y destino alcanza un feliz renacimiento. En Inglaterra, pasó de vender 500 ejemplares al año a vender 500 al mes. En España, la cuidada edición de Galaxia Gutenberg, traducida directamente del ruso por Marta Rebón, ha sido uno de los libros más comentados y celebrados de los últimos tiempos. Según indicó el diario español ADN en noviembre de 2007, la editorial esperaba “vender entre el mandarinato cultural algunos (pocos) miles de copias”, pero a poco más de un mes ya había vendido 100 mil y miles más se preparaban en la imprenta, cosa notable para un libro de 1.100 páginas. En Chile, a pesar del precio, la novela de Grossman también ha inundado las vitrinas de las librerías.

Pero el camino para llegar a este reconocimiento ha tenido un trazado donde el azar, la decisión y la buena fortuna han corrido parejas. Desde luego, Grossman no vivió para presenciarlo, y ni siquiera lo suficiente como para intuir que sería posible.

Dos o tres siglos de censura

Grossman concluyó Vida y destino en 1960, cuando todavía duraba el espejismo de la la apertura iniciada por Jruschov y su denuncia de los crímenes del estalinismo. El antiguo comisario del Ejército Rojo estuvo en Stalingrado, al igual que Grossman, pero ya estaba asediado por el impulso restaurador, por así decirlo, de los viejos cuadros del PCUS. Con todo, Grossman confiaba en que su novela, por su dimensión épica, por su rescate del heroísmo del pueblo ruso en la gran guerra patriótica y por su prestigio como periodista, podría ser publicada. En octubre de ese año la entregó a los editores de la revista Znamya. En febrero de 1961 recibió la respuesta: tres agentes de la KGB, la policía política soviética, llegaron hasta su casa a confiscar el manuscrito, las cintas de la máquina de escribir, el papel calco y cualquier papel relacionado con la novela. Ya no se hacía desaparecer personas, como en los tiempos de Stalin, pero sí se podía secuestrar un manuscrito.

Pero el autor no se rindió de inmediato. No sólo confiaba en el valor literario y testimonial de su novela, también apelaba a la verdad. Le escribió a Jruschov que “sigo creyendo que he dicho la verdad, que escribí el libro amando a los hombres, confiando en ellos. Pido la libertad para mi libro”. Finalmente, Grossman fue recibido por Mijail Suslov, un dirigente del partido que, según el historiador Zhores Medvedev, prefería “tener poder real antes que notoriedad pública” y, con ese bajo perfil, fue el gran ideólogo y estratega de la Guerra Fría. Medvedev, además, sostiene que era “el tapado” de Stalin, que no asumió el poder sólo porque el extremo secretismo del dictador se llevó a la tumba los hilos de la operación para encumbrarlo. Suslov fue, pues, el encargado de desalentar finalmente a Grossman. Según algunas versiones, se limitó a decirle, en tono condescendiente, que volviera al estilo de sus primeras y ortodoxas obras (en rigor, no eran así). Según las más difundidas, Suslov dijo que Vida y destino no podía ser publicada en 200 o 300 años.

Grossman tenía 56 años cuando concluyó Vida y destino. Murió a los 59, de cáncer, y sin esperanzas de ver publicada su obra, aunque, por fortuna, había hecho dos copias antes de hacer pública la existencia del manuscrito. Años después, gracias al físico Andrei Sajarov, una de esas copias fue enviada fuera de la Unión Soviética y a comienzos de la década de los ochenta, en Suiza, apareció la primera edición de Vida y destino.

Una novela total

Tras leer aquella edición, el crítico George Steiner escribió que “novelas como La rueda roja de Solzhenitsin y Vida y destino eclipsan todo lo tenido por ficción seria en Occidente al día de hoy”, afirmación que puede ser un tanto exagerada y probablemente escrita al calor de disputas ideológicas que hoy no están vigentes. Aún así, un elogio tan excesivo en apariencia despertó la ira de escritores como Anthony Burgess. El escritor Robert Chandler, traductor de Grossman al inglés, dice que el autor de La naranja mecánica acusó a Grossman de falta de imaginación, “algo sorprendente que atribuir a un escritor capaz de describir tan convincentemente los últimos momentos de un niño muriendo en una cámara de gas nazi”.

Más allá de estas polémicas, muy propias del ámbito literario, aunque hubo reconocimientos tempranos como el de Steiner y la crítica francesa, sólo recientemente, como está dicho, Grossman ha logrado el reconocimiento que su extraordinaria novela merece.

En Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX, el crítico literario, filósofo e historiador Tzvetan Todorov, llamado por L’Express “el apóstol del humanismo”, dedicó un capítulo a Grossman y tomó los epígrafes de los capítulos de un texto suyo, La Madona sixtina. El resultado de su intento por definir qué es lo más característico del siglo pasado no es optimista: según Todorov, “el resultado capital, para mí, es la aparición de un mal nuevo, de un régimen político inédito, el totalitarismo que, en su apogeo, dominó buena parte del mundo”. Y para testigo de aquello, Grossman es, sin duda, uno de los privilegiados.

Vida y destino se desarrolla en una multiplicidad de escenarios. Aunque el foco central está en torno a la batalla de Stalingrado, el lector viaja, junto a los personajes de Grossman, desde el campo de concentración alemán de Treblinka hasta los campos de trabajo de Kolimá, en Siberia, por distintas ciudades y pueblos que acogen a miembros de la familia Sháposhnikov y por la Lubianka, la tristemente célebre prisión moscovita que operaba como lugar de interrogatorio y tortura y centro de distribución de prisioneros desde y hacia todo el territorio soviético. La línea argumental remarca la amplitud de la geografía en lo que quizá fue lo más irritante para las autoridades soviéticas, precisamente lo que Todorov resalta desde su análisis histórico y cultural: que el nazismo y el estalinismo son dos caras de la misma moneda totalitaria. Grossman, además, pone como protagonista a Víctor Schtrum, físico judío, y no vacila en denunciar todas las formas, desde las insidiosas del lenguaje y el gesto corporal hasta la descarada cooperación con el genocidio, del antisemitismo ruso, lo que vuelve a igualar, en su afán asesino, a nazis y estalinistas (su otra novela tardía, Todo pasa, relata el estremecedor exterminio de los campesinos ucranianos a comienzos de la década de los treinta).

Ante novelas de tan vasta extensión cabe siempre la pregunta, legítima, de si se justifica tamaña empresa. Robert Chandler cuenta, con mucha gracia, que cuando le ofrecieron traducir Vida y destino, se negó de plano: él no sólo no traducía novelas de semejante calibre, sino que no las leía. Pero, como tantos otros lectores, quedó cautivado con esta escritura de formato clásico, transparente y conmovedora, que se da tiempo para adentrarse en el alma de sus personajes y en permitir que cada uno de ellos adquiera la autonomía que exige su papel dentro del relato. Novela episódica, con capítulos que podrían ser autónomos, con personajes históricos (especialmente los jefes militares de ambos bandos en la batalla de Stalingrado) y ficticios, se va armando en la lectura como un gran fresco, un cuadro de increíble viveza, horror y dolor, que a pesar de todo el espanto que narra rescata la humanidad y el valor de las vidas humanas, aún de las más pequeñas y desvalidas, o sobre todo de las más pequeñas y desvalidas.

Grossman, ha destacado la crítica, logra la hazaña de aunar el valor testimonial del testigo privilegiado con la potencia del escritor que crea mundos. De ahí la carga de verdad que respira cada línea de su novela; de ahí su capacidad para conmover, emocionar y atrapar al lector. De ahí que, de manera casi unánime, podamos celebrar un libro estremecedor que es también, sin embargo, un canto al humanismo y a la fe en la bondad humana.

Recuadro: Beevor y Grossman

Anthony Beevor dejó el servicio en el ejército y la escritura de novelas para pasarse, doblemente armado con ese bagaje, a la investigación histórica. Se especializó en los años más duros y conflictivos del siglo XX, las décadas de los treinta y los cuarenta, con obras ejemplares que han renovado la manera de hacer historia: cada libro suyo se lee con tanta pasión y sentido del suspenso como una novela.

A ello hay que agregar la solidez de la documentación. En su investigación para Stalingrado, Beevor dio con los diarios y papeles de Grossman, sepultados en el Archivo del Estado Ruso de Literatura y Artes. Ahí estaba no sólo el material básico para sus artículos en Estrella Roja, el diario del Ejército Rojo, que lo convirtieron en el corresponsal de guerra más admirado de la Unión Soviética, sino también, en germen, Vida y destino. Beevor lo citó abundantemente en su extraordinario díptico sobre el frente oriental, Stalingrado y Berlín. La caída: 1945, y luego emprendió la edición de todo el material encontrado –diarios, artículos, cartas- en Un escritor en guerra, rescate -y homenaje a la vez- del trabajo de Grossman, que constituye, según Beevor, “no sólo la materia prima de la que se sirvió un gran escritor” sino que también representa, “de lejos, los mejores testimonios sobre el Frente del Este, quizá las descripciones más penetrantes de lo que el propio Grossman llamaba ‘la verdad despiadada de la guerra’”.

miércoles, mayo 14, 2008

Rey Rosa, Aira, Bellatín

Lecturas porteñas. Compradas en Buenos Aires, más bien, en febrero y en abril de este año.

Caballeriza

Penúltima novela de Rodrigo Rey Rosa, que no llegó a las librerías chilenas (en Buenos Aires estaba agotada, la encontré en Corrientes en un mesón de ofertas). La última, Otro zoo, ni siquiera ha llegado a Argentina. ¿Qué pasa, señores Seix Barral/Planeta?).

Rey Rosa vuelve a situar la narración en Guatemala, su patria, con la novedad de que él mismo participa como protagonista y que está basada, en cierta medida, en hechos reales. O, como él lo dijo en una entrevista, “la peripecia es ficticia, pero algunos de los acontecimientos narrados ocurrieron, aunque en diferentes momentos y lugares que en mi obra, en la que he hecho una síntesis de todos ellos para dar una sensación de historia orgánica”. Historia que es política en el sentido más amplio, o, si se lo mira desde el ángulo del subgénero, policial. De novela policial clásica, quiero decir.

La novela rezuma violencia, pero de la contenida manera que trabaja Rey Rosa y que puede ser así aún más sobrecogedora. El poder incontrastable de las elites en sociedades patriarcales se muestra en toda su desnudez, desde el saludo ritual al anciano que celebra su cumpleaños hasta la impunidad feroz de sus acciones. Sin embargo, nada más lejos del tono y los énfasis de Rey Rosa que el clásico estilo de denuncia. No denuncia, muestra, y en esa habilísima omisión de los adjetivos funda buena parte de la eficacia de una excelente novela, que se acerca a las otras “guatemaltecas” de Rey Rosa, como Que me maten si... o El cojo bueno.

Yo era una chica moderna

El siempre prolífico César Aira demanda que, de vez en cuando, haya que volver a su manantial de delirantes y reveladoras fantasías. Esta novela está editada por Interzona, editorial bonaerense que nadie distribuye en Chile (¿por qué, por qué, si el catálogo es provocador y latinoamericano, y a precios más que asequibles?).

Con Aira hay que estar dispuesto a lo inesperado, pero, aún así, cada giro argumental que logra en sus novelas sorprende. De este modo, lo que parece una simple disputa amorosa entre jovencitas en plena efervescencia sexual se transforma en un sanguinolento episodio de donde emerge El Gauchito, un feto dotado de extraños poderes que se roba la película y lanza destellos de ruda comicidad sobre las calles de una ciudad asediada por la miseria. Hordas de patovicas –guardianes de clubes nocturnos, en jerga porteña- se enfrentan a policías y jóvenes en torno a la disco más pequeña del mundo, punto axial, anus mundi, como diría Mircea Eliade, donde los mundos inferior y superior se cruzan y abren puertas de circulación entre el cielo, el infierno y la tierra.

Pero, con Aira, hasta los más tremendos acontecimientos están pasados por un tamiz de distancia y humor (hay pasajes realmente divertidos en esta novela), y así esta novela, como la mayor parte de las que ha escrito, adquiere una atmósfera de irrealidad que no le quita nada de potencial subversivo. Da la impresión de que Aira fuerza sus temas hasta el límite (¿pero límite de qué?) y que nunca sabe dónde va a llegar; y que, una vez instalado en el territorio del delirio, se siente a gusto.

Jacobo el mutante

También de Interzona, aunque Alfaguara la publicó en España. Ni una ni otra edición llega por estos pagos.

Aquí Mario Bellatín juega con los géneros: formalmente, es el análisis de un manuscrito incompleto e inédito de Joseph Roth, La frontera, pero, en realidad, se trata de una historia oscura y demencial sobre un tabernero austriaco y rabino judío a la vez que, sin mayor transición, se metamorfosea en su hijastra, una mujer que predica en un remoto pueblo estadounidense. Aunque hay quienes la sitúan en la misma vena de Shiki Nagaoka: una nariz de ficción, por la referencia a escritos imaginarios, hay una diferencia bien notable. Tanto Shiki como su obra son ficticios; Roth, en cambio, no lo es, y al autor le ocurrió una anécdota que dice mucho de los lectores entusiastas y a la moda: cuando hizo referencia a La frontera en una charla, alguien del público señaló que no la había leído, pero que sí había visto la novela basada en el libro. Por esta vía, la creación de Bellatín pareció encontrar una cierta carta de ciudadanía fuera de los márgenes de Jacobo el mutante. Es difícil, en todo caso, que llegue a estar, como el Necronomicon de Abdul Alhazred creado por H.P. Lovecraft, en los catálogos de las bibliotecas. Según el autor, la estratagema le permite delimitar la voz de un narrador que usa el lenguaje seco y preciso de un académico limitado a comentar su fuente. Sin embargo, la falsa novela de Roth tiene un desarrollo extraño y perturbador, que contrasta fuertemente con el apagado tono de quien la comenta.

Bellatín, en este libro, cumple con aquella afirmación que sostiene que toda novela es una impugnación de la forma clásica. Incluye, además, fotografías en blanco y negro de paisajes fantasmales y despojados de vida, que establecen un interesante contrapunto con el relato sobrio y despojado que se apoya en un texto ficticio para cargar de sentido el retrato de la monstruosidad. Según el autor, las fotografías cumplen una función mayor, muestran “una textura que ayude al lector a darse cuenta de lo obvio, que todo es una mentira, que el autor no quiere que le crean, pero que, no obstante, lo más importante pretende estar presente: la conciencia de que se transcurre por una realidad paralela”.

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domingo, mayo 11, 2008

Dos novelas de James M. Cain

Cain – Caín- es conocido sobre todo por El cartero siempre llama dos veces, que ha merecido dos versiones cinematográficas. La primera, de 1946, fue protagonizada por Lana Turner y John Garfield, dirigida por Tay Garnett. La segunda, de 1981, estuvo a cargo de Bob Rafelson y contó con la participación protagónica de Jessica Lange y Jack Nicholson. Dicen los entendidos que la primera es la mejor. Lanzó al estrellato a una de las grandes estrellas de la primera mitad del siglo, Lana Turner; Garfield, por su parte, a pesar de su calidad como actor, desapareció de la escena por obra y gracia del macarthysmo y su caza de brujas. Pero la de 1981 no es nada de mala, con Jessica Lange prodigando sensualidad y Jack Nicholson sin codificar aún su repertorio de gestos como para que cualquier papel suyo sea el de Nicholson, Jack Nicholson.

La novela es, de todos modos, estupenda. Desolada y pesimista, recrea la devastación económica de los años treinta y la irreductible tentación por la violencia que asedia a la sociedad estadounidense, ya sea para lograr herencias, resolver conflictos o difundir la democracia. La pareja protagónica tiene una relación intensa, casi asfixiante, con la sensibilidad y la sexualidad a flor de piel, y sólo ella habría merecido una novela; pero, además, el azar y la fatalidad se dan la mano para precipitar una historia cuyas vueltas y revueltas sorprenden, pero también confirman lo que se desliza desde las primeras páginas del libro: que el nuevo timbrazo del cartero llegará en el peor momento y de la peor manera, porque, una vez convocada la desgracia, no hay manera de escapar.

Pacto de sangre es, si cabe, una novela aún más estremecedora y revulsiva, con un personaje femenino que parece realmente la encarnación del mal. También fue llevada al cine, en 1944, bajo la dirección de Billy Wilder, con Barbara Stanwyck y Fred McMurray, con su título original, Double Indemnity. Tiene fama de ser una de las mejores películas del género policial negro.

Hay un diálogo absolutamente memorable. Walter Huff, agente de seguros, y Phyllis Nirdlinger, esposa de un rico empresario petrolero, planean matar al marido de ella. “Estará mejor… muerto”, dice Phyllis. Y ante el escepticismo de Huff, agrega: “Hay algo en mí que ama la muerte. A veces creo que la muerte soy yo misma, envuelta en una mortaja escarlata, flotando en la noche. ¡Me veo tan hermosa entonces! ¡Y tan triste! ¡Y tan ansiosa de hacer que todos sean felices arrastrándoles conmigo en la noche, lejos de toda preocupación, de toda desdicha!”

Tan hermosa, tan triste, tan fatal: Phyllis arrastra una historia siniestra, monstruosa y terrible, que arrastra a Huff y lo conduce a la inevitable pérdida de todo lo que algo significaba para él. Y lo más notable de estas novelas es que el lector no puede menos que solidarizar con sus personajes, a pesar de sus actos criminales, a pesar de que son, o se convierten en, asesinos. Es que detrás de todo se adivina la presencia de ese otro gran actor, el victimario por excelencia, el azar que todo lo desordena y precipita hacia el abismo; y ante eso, ante ese designio inescrutable e inevitable, todos estamos igual de desprotegidos.

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miércoles, febrero 06, 2008

El caso Morel

En 1981 o 1982 –no recuerdo bien, porque en ambos años fui de vacaciones a Chiloé- estaba ya iniciando el regreso y se me acabó la lectura que había llevado. En Ancud, sin muchas esperanzas, entré a una suerte de paquetería-librería que tenía algunos libros en la vitrina. Nada conocido, lo que parecía confirmar mi temor de quedarme sin nada que leer en el viaje de vuelta. Pero me tentó un libro, a pesar de su tapa de horroroso color rosado, que se llamaba El caso Morel. El autor, Rubem Fonseca, brasileño, era totalmente desconocido para mí. El texto de la contraportada decía poco: que la novela era policial, que la primera edición había sido requisada por la policía de su país, que era la primera de un escritor-abogado y ex policía que había publicado previamente un par de volúmenes de cuentos. Me lo llevé.

Y me gustó muchísimo. Tanto, que presté el libro sucesivas veces hasta que desapareció en manos desaprensivas. Leí muchos otros de Fonseca, que sigue publicando aún, pero echaba de menos esa novelita por la inolvidable sensación de arriesgarse con un perfecto desconocido que resulta ser un descubrimiento notable. La encontré hace poco en una de las librerías de viejo de Providencia frente a Miguel Claro al muy módico precio de mil pesos, y la releí feliz. Ahora me sorprendió lo que tiene de adelantada para su época. Es, creo, el texto más experimental de Fonseca; su escritura es frontal, directa, acorde con los procedimientos bastante universales de la novela negra. El caso Morel, sin embargo, se desarrolla en dos planos muy nítidos, con una novela dentro de la novela que es también la clave que el abogado Vilela utiliza para resolver el enigma de un crimen que parece no tener motivación y cuyas huellas son totalmente circunstanciales. En ese sentido, la novela no sólo es magistral, sino también pionera en la corriente por la que han circulado desde Vila-Matas hasta Bolaño, por nombrar algunos escritores que han hecho de la ficción dentro de la ficción una de sus principales herramientas de trabajo. No ha sido reeditada. Hoy pasé de nuevo por las librerías de viejo y había otro ejemplar a la venta.

PD: luego de buscar infructuosamente el libro para escanear la tapa, renuncié y subo la nota sin ella. Debe estar por ahí. No voy a comprar de nuevo la novela, no ahora, por lo menos; capaz que tenga que esperar otros 25 años para guardarla donde corresponde.

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domingo, diciembre 30, 2007

Año nuevo, nuevo blog

Este blog nació en buena medida debido a la asfixia que a veces me produce el estrecho formato de la reseña. No hay muchas oportunidades de escribir textos más largos, especialmente si no están ligados a la actualidad noticiosa, de manera que redactarlos y subirlos aquí fue la manera de sacudirme la rigidez de los centímetros -algo más de cuatro, por fortuna- que permiten los medios escritos y editados en papel.

Sin embargo, mantener un ritmo decente de publicación en ese esquema es difícil y, cuando aumentan las obligaciones laborales, el primero en sufrir es el pasatiempo gratuito de mantener el blog. De ahí que en los últimos meses no haya publicado nada aquí. Hay algunos proyectos truncos, que espero completar algún día: de la serie Mujeres en guerra, debería subir al menos tres más; y estaba empezando una línea sobre la herencia imperial africana, para la que ya tengo al menos dos esbozos: uno sobre el río Níger y otro sobre un libro notable del sueco Sven Lindqvist, que se llama Exterminad a todos los salvajes. En algún momento llegarán aquí.

Pero, como decía, someterse a una disciplina de publicación periódica de artículos largos es muy difícil y prefiero darle un giro a este blog. Mi proyecto, que, como buen proyecto de año nuevo, no tiene asegurada una larga vida, es transformar este espacio en una suerte de diario de lectura, con alta frecuencia de entradas, que dé cuenta de avances parciales de lectura, que incluya citas y comentarios, que enfrente, en fin, de manera más libre y más improvisada los textos que voy abordando.

Eso es. Feliz año nuevo.

sábado, diciembre 29, 2007

Critiquillo huevoncete


Edición especial de The Clinic, diciembre 2007, año 9, número 12.

Mi crítica a Villegas va a continuación; apareció el 15 de diciembre de 2007. Todavía está en el blog de El Sábado, pero desaparecerá en un par de semanas más.

Muerte a los latinos

En una entrevista que dio cuando apareció este libro, el autor se apresuró a señalar que “la crítica iba a ningunear” su novela (la cita es aproximada). Hay dos maneras de entender la frase. Villegas puede pensar que el nivel de la crítica nacional es malo, muy lejos de lo necesario para evaluar adecuadamente su novela; o bien sabe que su novela es mala, y se pone el parche antes de la herida. Como es bien difícil que alguien se dé el trabajo de escribir más de 400 páginas y luego publicarlas con la conciencia de estar dando a luz un bodrio infumable, probablemente la primera hipótesis es la correcta. Pues bien, para hundir un clavo más en su estandarte de gurú, habrá que decir, conforme a su predicción, que Muerte a los latinos es una novela rematadamente mala, de estilo farragoso y proclive a la frase sentenciosa con apariencia de profundidad, que abusa de la digresión hasta la absoluta exasperación del lector. Con esas pobres herramientas va hilando trabajosamente episodios de dudosa justificación y soporíferas teorías socio culturales, todo conducido por un narrador y protagonista con un ego tan desmedido como básico es su bagaje emocional.

Si hay algo que vale la pena comentar, en todo caso, es el texto de la contratapa, donde se dice, resumiendo, que un Cabrera Infante menos cubano, un Ricardo Piglia menos inteligente, un Donoso menos cuico y una Isabel Allende menos conocida habrían escrito felices esta novela. Asombra el desparpajo y la desmesura del anónimo redactor en un desesperado intento por subirle el pelo a un texto que en el mejor de los casos, con toda la indulgencia del mundo, podría ser calificado como mediocre.

lunes, octubre 29, 2007

Madres, huachos, mitos, ollas

Texto de la presentación que hice de Madres y Huachos, de Sonia Montecino, en la Feria del Libro el domingo 28 de octubre.


Madres y huachos inscribe su tarea reflexiva en el ámbito de la academia. Lo digo de entrada porque hay que situar el libro entre sus pares y en su contexto, es decir, la discusión y la investigación, desde la antropología, la sociología y la historia, de los factores que contribuyen a formar la identidad de los chilenos como nación.

Identidad que, por supuesto, no podemos considerar como un dato fijo e inamovible, que nos deja como única tarea descubrir sus bordes y contornos. Al contrario, libros como Madres y huachos avanzan en la tarea no de descubrir, sino de fijar –aunque sea de manera transitoria- aquellos bordes y contornos, las líneas fluctuantes donde se cruza la historia con el presente, el perfil que emerge cuando realmente se indaga, sin temores ni restricciones, en los datos que entrega la realidad.

Leía hace poco un libro magnífico, Exégesis de lugares comunes, de León Bloy, un escritor furibundo y temible polemista, que reduce al ridículo más absurdo las frases hechas que salpican aún la conversación cotidiana; frases que se presentan con el carácter de sentencias fundadas en la tradición, tan irrebatibles como cargadas de sabiduría ancestral. Y no pude menos que relacionar aquel libro, tan distinto al que nos convoca hoy, simplemente por el hecho de leerlos en
paralelo, al menos en un aspecto.

Sonia Montecino sitúa las discusiones en torno a la identidad y el género en la perspectiva científica y académica, con abundante trabajo de campo y bibliografía al día; y, sobre esas bases, es capaz de describir y proponer nuevos territorios, nuevos elementos que iluminan mejor lo que somos y lo que queremos ser.

Es una actitud radicalmente distinta a aquella que encontramos en otros planos de la vida cotidiana, precisamente en aquellos donde abundan los usuarios de los lugares comunes. Y por supuesto que los resultados a los que arriba son también totalmente distintos. Es frecuente escuchar o leer, entre nosotros, frases como “es que la raza es la mala” o “El chileno es flojo y bueno pal copete”, afirmaciones que, o bien se fundan en una idea de raza totalmente superada por la antropología, o bien traslucen grotescas simplificaciones. Peor aún, sin embargo, son los lugares comunes con carta de respetabilidad, tal como los que desmenuza y destroza Bloy y que también Sonia Montecino, de manera menos explícita, reduce a polvo. “Chile es
homogéneo racial y culturalmente”, se oye decir. “En Chile no somos racistas”. “En Chile no existe el problema de integrar a los pueblos indígenas, como en Perú o Bolivia”.

¿Qué subyace aquí, de manera encubierta? Mi interpretación, que no aspira en modo alguno al rigor y la sistematicidad, es que este tipo de afirmaciones trata de eludir una cuestión clave para entender quiénes somos, que Sonia Montecino sí enfrenta con claridad y rigor en sus libros: el mestizaje que da forma a la nación chilena. Todo el reclamo de homogeneidad y la aspiración europeizante, me parece a mí, es un intento por esconder un origen que a lo menos inquieta y que bien probablemente avergüenza. Lo sorprendente es que aquel reclamo, a la luz de la historia, a la luz de los porfiados hechos, no resiste el menor análisis. Sonia Montecino propone, con Aguirre Beltrán, que hablemos de “Mestizoamérica”, para resaltar, dice, “el rasgo cultural más sobresaliente de nuestro continente”; y, sin embargo, la marca de la latinidad –invento francés- que dio origen a Latinoamérica, o la marca geográfica, muy conveniente desde el punto de vista de la diplomacia, que creó la expresión Iberoamérica, son muchísimo más populares.


Pero hay
una cuestión algo más sutil. Se escucha decir también, con frecuencia, que nuestra cultura se alimenta de una doble herencia, la europeo occidental que llegó desde España y la que nos legaron los pueblos originarios. Pero, si se hila fino detrás de aquel discurso, se advierte que el componente local, por así decirlo, queda prontamente reducido a su carácter arqueológico o, en el mejor de los casos, artesanal. Tenemos gredas y tejidos con motivos autóctonos: a ello parece quedar reducida la herencia cultural de los pueblos originarios. El idioma que utilizamos, los programas escolares, el desarrollo tecnológico, las pautas religiosas y sociales, provienen, en su inmensa mayoría, de la herencia cultural europea, y eso no produce rubor alguno. Al contrario, frases hechas como “los ingleses de América Latina”, aunque suelen ser motivo de bromas, encuentran un terreno fructífero no en razón de su desmesura, sino en razón de su sintonía con la secreta aspiración europeizante de quien la enuncia o la escucha con complacencia.

No lo digo con ánimo denigratorio. Yo creo que ahí hay una cuestión compleja, cuya manifestación discursiva tiene mucho de involuntario. Quizá sea hora de intentar desnudar lo que se esconde tras los lugares comunes o la fácil apelación a la tradición; pero, en principio, debo re
conocer que no sólo es la postura más fácil, sino también la más lógica, atendidas nuestras pautas de consumo cultural. Escribo sobre libros, sobre libros escritos o traducidos al español, sobre el gran fondo de la tradición de lectura y escritura que viene desde griegos y latinos. No puedo tirar la primera piedra.

Lo que quiero destacar de Sonia Montecino, en éste y en otros de sus libros, es que ella, aunque escriba inscrita en la misma tradición, sí es capaz de remover las aguas. Cuando me enfrenté a su
Mitos de Chile: diccionario de seres, magias y encantos, sentí que estaba recorriendo de nuevo un paisaje familiar, fijado en la memoria de la infancia, de los viajes, de las conversaciones; un paisaje conocido, pero que hasta entonces permanecía como un fondo difuso y profundamente enterrado en la trama de los recuerdos. Para mí fue una revelación. Y ahí entendí entonces, de mejor manera, el alcance y la dimensión de Madres y huachos, un libro de horizonte académico, sí, y por ello al alcance de relativamente pocos lectores, pero con mucho que decir a todos los potenciales lectores de Chile, a los que recibirán el maletín y a los que no lo recibirán.

Lo mismo me ocurrió, en una medida diferente, con La olla deleitosa. Cocinas mestizas de Chile, que recorre la geografía culinaria y sitúa en el amplio mapa de las referencias culturales algunos de los platos que forman parte del paisaje cotidiano.

No quiero escamotear aquí un dato básico: la autora va mucho más allá de todo lo dicho hasta aquí. De hecho, Madres y huachos enuncia el tema del mestizaje cultural, pero desde ahí avanza a los temas que más interesan a la autora, los temas de género, más específicamente el lugar de la mujer y de la madre en la estructura social y cultural de Chile y de América Latina, y el lugar –o no lugar- del padre ausente, que producen esa otra marca identitaria, con toda probabilidad también dolorosa e hiriente, del huacho.

Esta edición agrega, además, una segunda parte con artículos y elaboraciones más recientes, lo que convierte a este libro en nuevo, cuestión que justifica nuestra presencia en esta Feria, tan estricta en prohibir el lanzamiento de reediciones. Que esté compuesto de artículos abre una perspectiva diferente, lo que habitualmente se conoce como work in progress; un libro que crece y gana en perspectivas, que se comenta a sí mismo, que se enriquece progresivamente, que gana en profundidad gracias a la paciente reelaboración y descubrimiento de nuevos datos, elementos, enfoques y miradas.

Es, en suma, un libro nuevo, nuevo y distinto; y, aunque no lo fuera, sin duda que la recepción de los lectores lo será, porque el país es otro. Vivimos en un país con una Presidenta mujer, un país en donde temas como el machismo, la discriminación positiva hacia las mujeres en candidaturas parlamentarias y municipales y el femicidio –real y político- están en la agenda pública. Uno podrá concordar o no con la manera en que fueron enunciados o en las conclusiones de los distintos actores, pero sin duda que se trata de un fenómeno positivo, que ojalá ejerza alguna influencia en el estado actual de las cosas, donde la valoración diferencial de lo masculino y lo femenino erige, según la autora, “un andamiaje de desigualdades” que sirve de soporte a las percepciones subjetivas y a las prácticas sociales. Ya lo dijo Gabriela Mistral, autora que ha vuelto a la palestra pública gracias a los archivos de Doris Dana: habrá senadoras y, cita Sonia Montecino, serán “palomas entre cóndores”, capaces de establecer una nueva línea de movimiento que vaya “de la tierra a la mesa, de lo tangible a lo factible”.


Qué bueno sería entonces que el abordaje de estos temas se hiciera sobre la base de aportes tan sustantivos e iluminadores como los de esta nueva versión, que no edición, de Madres y huachos; y que los lugares comunes perdieran la descarada impunidad de que gozan hoy. Este libro debería pasar de la esfera académica que le dio origen a las conversaciones cotidianas. Y por eso, porque no soy ni académico ni especialista en temas de género, me alegra mucho haber podido presentar este libro, un libro importante que merece toda la difusión posible.

miércoles, octubre 17, 2007

Postales del Imperio, 1: Sir Richard Burton

Somalía:

Los nativos del país son esencialmente comerciantes, que se han sumido en la barbarie por su situación política -la burda igualdad de los hotentotes-, pero parecen poseer cualidades suficientes para una regeneración moral. Como súbditos ofrecen un favorable contraste respecto a sus parientes los árabes del Yemen, una raza tan indómita como los lobos que, invadida por los abisinios, persas, egipcios y turcos, ha conservado siempre un inquebrantable espíritu de libertad y ha conseguido quebrar siempre el yugo de la dominación extranjera.

Árabes:

Durante media generación hemos sido amos y señores de Aden, llenando la zona sur de Arabia con nuestros calicós y nuestras rupias. Sin embargo, ¿cuál es allí el actual estado de cosas? Los beduinos nos desafían a abandonar el parapeto de nuestras pétreas murallas y luchar como hombres en el llano, los protegidos de los británicos son asesinados dentro del radio de alcance de nuestras armas, nuestros pueblos aliados han sido quemadosa escasa distancia de Aden, nuestros desentores sonn bienvenidos, nuestros delincuentes y fugitivos reciben protección, se nos corta el suministro con demasiada frecuencia, la guarnición ha sido reducida a una lamentable condición por obra de un bandido semidesnudo -el perverso Bhagi, que asesinó a sangre fría al capitán Mylne, sigue deambulando sin castigo por las montañas-, los insultos más ofensivos son la única respuesta que hemos escuchado a nuestras propuestas de paz, la bandera inglesa ha sido mancillada impunemente, nuestras naves habían recibido órdenes de no actuar si no era en defensa propia, y nuestra renuncia a atacar fue interpretada como simple cobardía. Así es, y así será siempre, el carácter árabe.

La paz indeseable:

"La paz -afirma un sabio moderno- es el sueño de los sabios; la guerra es la historia del hombre". Abandonarse a tales sueños denota un escaso sentido de la realidad. No fue su "política de paz" la que dio a los portugueses unas posesiones litorales que se extendían del lago Non a Macao. Tampoco fueron designios pacíficos los que ayudaron a los antiguos otomanos a alzarse victoriosos en los desiertos de Tartaria y de ahí viajar a Aden, Delhi, Argelia y las mismas puertas de Viena (...). El filántropo y el economista político quizá abriguen la esperanza, al protestar contra la expansión territorial, al abogar por una frontera compacta, al abandonar las colonias y buscar el "equilibrio", de que mantengamos nuestro merecido puesto entre las grandes naciones del mundo. ¡Nunca! Los hechos históricos nos hacen llegar a inalterables conclusiones: las razas progresan o retroceden, se enriquecen o caen en el olvido: los hijos del Tiempo, al igual que su padre, deben permanecer en constante movimiento".

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lunes, octubre 15, 2007

Mujeres en guerra, 4: Margarete Buber-Neumann


Muy pocas mujeres, y muy pocos hombres, habrán vivido para contarlo. Es que el destino de Margarete Buber-Neumann es tan trágico como insólito: militante comunista desde los años veinte, casada con uno de los intelectuales alemanes del partido, huyó a la Unión Soviética tras el ascenso de los nazis al poder, en 1933. Cuatro años más tarde, en el peak del infierno paranoico de Stalin, Heinz Neumann fue detenido por sus desviaciones ideológicas y su rastro se perdió en las prisiones moscovitas. En 1938 fue el turno de Margarete. Tras varios meses en la Butirka, la prisión preventiva de Moscú, fue condenada a cinco años de reclusión, castigo que cumpliría parcialmente en Karaganda, gigantesco campo de concentración en medio de la estepa de Kazajstán.

El desolado páramo estaba apenas habitado por tribus de pastores nómades, y la extensión del Gulag a aquellas regiones tenía esencialmente propósitos colonizadores. Los presos debían cumplir tareas agrícolas, mayormente, en puntos situados a muchos kilómetros del campo central de Karaganda, así como preparar las condiciones para la explotación de yacimientos mineros en el sector. Apenas hay testimonios gráficos de instalaciones que en realidad eran chozas de barro y trochas infernales por donde traqueteaban camiones y carretas. Buber-Neumann tuvo la mala idea de protestar ante las autoridades del campo por la arbitrariedad de su detención, lo que le significó cumplir su pena en barracones de castigo. Sorpresivamente, a comienzos de 1940, fue llevada de vuelta al campo central y de ahí a Moscú, donde pasó unos meses excepcionalmente bien alimentada y bien tratada en la Butirka. El paso siguiente muestra con insólita crudeza una de las consecuencias más viles del tratado de no agresión que Stalin y Hitler suscribieron en 1939: los alemanes prisioneros del gulag, en su mayoría comunistas que habían huido de los nazis, fueron devueltos a estos últimos en Brest-Litovsk, la ciudad polaca que había pasado a ser la frontera entre ambas dictaduras.

El destino de Margarete fue el campo de concentración de Ravensbrück, en el norte de Alemania, donde llegó a comienzos de agosto de 1940. Diseñado más como un campo de trabajo que de exterminio, las condiciones de vida no eran tan extremas como en Auschwitz, Mathausen o Bergen-Belsen. No más de cien mujeres murieron en el primer año de estancia de Buber-Neumann en Ravensbrück, campo que continuó creciendo para proveer de mano de obra a los talleres de costura de la SS, que fabricaban todos los uniformes de la organización, y a Siemens, empresa que instaló fábricas (y luego barracones para las reclusas) a un costado del campo principal. La dieta era dura, pero soportable, y uno de los refinamientos del régimen de castigo consistía en la obligación de dejar las camas hechas (con sábanas y frazadas) de manera impecable en un reducidísimo lapso de tiempo. En otros lager, ya el jergón de paja era un lujo y el resto de los artículos, inexistentes.


A Margarete le asignaron distintas funciones durante su permanencia en el campo. Por dos años fue la jefa del bloque de las Testigos de Jehová, el barracón más organizado, ordenado, limpio y saludable de todo el campo, utilizado también para recibir a las visitas al campo. Era duro, pero contaba con la excepcional disciplina y rigor de las reclusas, que hacían una cuestión de fe mantener el orden y la limpieza.

Conforme avanzaba la guerra, el campo se fue llena
ndo de gente, las condiciones empeoraron muchísimo y las cifras de mujeres muertas ascendió violentamente. Buber-Neumann desempeñó diversas tareas, incluyendo trabajo esclavo en la Siemens, y sobrevivió, según ella señala en el libro, porque "era fuerte física y psíquicamente; siempre supe guardar un cierto respeto hacia mí misma; siempre encontré personas para las que yo era necesaria; siempre tuve la suerte de compartir la felicidad de la amistad, de las relaciones humanas". Una de sus grandes amigas fue Milena Jesenská, la última novia de Franz Kafka, llevada desde Praga a Ravensbrück, donde murió a comienzos de 1944. El origen de este libro está en la amistad con Milena y el mutuo compromiso que asumieron de contar lo que habían vivido.

El fin de la guerra acarreó otro desafío para Margarete: trasladarse desde Ravensbrück, en el territorio conquistado por los r
usos, al oeste alemán, en manos aliadas. Temía, justificadamente, que volver a caer en manos soviéticas implicaría prolongar su vida de reclusa. También lo logró, para dar testimonio y cumplir con su compromiso con Milena Jesenská.

El libro, con todo lo terrible que es la experiencia de Margarete, tiene también una clara intención ideológica, la denuncia del engaño tras los ideales comunistas. No es que Buber-Neumann apruebe los lager nazis, o que los encuentre menos brutales o menos asesinos; es que se extinguieron con la guerra y, al momento en que ella escribía, el gulag soviético gozaba de muy buena salud. Hay toda una línea narrativa sobre casos de ceguera aún ante la propia desgracia y de fanatismo aún en las peores circunstancias, línea que, para lectores contemporáneos, es un tanto excesiva: a nadie hay que convencer hoy de las aberraciones del estalinismo. En la perspectiva de la guerra fría, sin embargo, no cabe duda de que el testimonio de Margarete, con su afán de denunciar todos los totalitarismos, fue considerado en muchos casos como un insumo más en la batalla por las ideas. La perspectiva del tiempo devuelve su libro a lo esencial, a la experiencia casi única de haber comprobado, en su propio cuerpo, que el lager y el gulag son la misma cara de la misma moneda.

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jueves, octubre 04, 2007

El maletín literario


Habría que comenzar por recordar uno de los usos de maleta en el habla popular criolla. A la maleta es a mansalva, pero probablemente derivado de a la mala y no del artefacto que suele acompañar a las personas en sus viajes (aunque también hay mochilas, bolsos marineros, bolsos a secas, baúles y algo más). De maleta deriva maletín, es decir, maleta chica, que acompaña a las personas, más comúnmente a los hombres, en sus trámites cotidianos, para transportar papeles, libros, colaciones, condones, útiles de escritorio y vaya a saber uno qué más. No confundir con el bolsón, reservado antaño a los escolares que hoy usan mayoritariamente mochilas; un adulto con bolsón lleva maletín, no bolsón. El maletín podría ser, entonces, la pareja de la cartera, reservada exclusivamente a las mujeres, aunque algunas de ellas van por la vida de maletín, que no de maleta o de mal genio.

49 libros ocupan aproximadamente un metro lineal de estanterías. Depende del grosor de los volúmenes, claro está, pero cualquier orden basado en categorías tales como autor, tema o t
ítulo será necesariamente aleatorio respecto de variables como peso, número de páginas o centímetros de lomo y así, aunque, por ejemplo, en la letra D encontremos a Dostoievski representado por Los Hermanos Karamazov, libro obligatoriamente generoso en centimetraje lomístico, la tendencia será que cada 49 volúmenes se ocupe un metro lineal de estantería (precisemos: bien apretados, sin aire, de manera que hasta cuesta sacarlos, caben 55, promedio elaborado sobre una base estadística de aproximadamente tres mil volúmenes; pero así no vale, la idea es que puedan entrar y salir, que lleguen otros, en fin, que haya libertad de movimiento en la estantería).

Tema que nos conduce de manera directa a un problema que se acentuará en los 130 mil hogares de bajos ingresos que suelen vivir en casas o departamentos sumamente reducidos y de mínimo mobiliario, si se exceptúa, por cierto, a los electrodomésticos (el censo y la Casen demostraron que faltará la plata, pero no la tele de hartas pulgadas, mejor si es de plasma, o el refri). Ya se sabe, en todo caso, que cada maletín no tendrá todos los volúmenes, sino una selección distribuida aleatoriamente, de manera tal que cada familia recibirá, pongamos por caso, 12 libros (distintos, en su mayoría, de los que recibió el vecino). El total será distribuido en unos seis mini maletines, representativos maletín madre, que a estas alturas podríamos denominar tranquilamente maleta.

Sea entonces maleta de 49 o maletín de 12 más diccionario, se mantendrá el problema enunciado en el párrafo anterior: ¿dónde guardarán los libros? El requerimiento, en términos de metros lineales de estantería, se reduce a 25 centímetros. Poca cosa, pero, sin duda, inexistente en la inmensa mayoría de aquellos hogares. Habrá superficies planas, sobre la cómoda, por ejemplo, si la hubiera, o sobre algún mueble similar, en cuyo caso sólo se requerirá de un par de sujeta libros, objetos que, por algún atavismo hasta ahora inexplicable, solían contarse en el tipo de trabajos manuales que tenían o tienen que realizar los educandos.

Claro está que existe el riesgo cierto de que se invierta el orden de los factores y en este caso sí que se altera el producto. Bien puede suceder que los libros, en lugar de recibir un lugar dentro del mobiliario disponible, se incorporen a él cumpliendo alguna otra función. Alguien me contó la anécdota de una señora que no hallaba qué hacer con sus libros, porque ya tenía tres. Sí, tres. De manera que perfectamente pueden pasar a dejar de ser libros, es decir, objetos destinados a la lectura, para convertirse en taco para equilibrar la pata coja de la mesa, posa vasos, velador y lo que sea que dicte la imaginación del usuario.

En breve, creo que la iniciativa del maletín literario se basa en la falacia de que basta que la gente tenga acceso a los lib
ros para que se conviertan en lectores. Quizá Steven Levitt, el autor de Freakonomics, tuvo algo que ver con ello, al demostrar que existía una correlación positiva entre la existencia de libros en los hogares y el rendimiento escolar, mejor donde hay y peor donde no hay libros. Ocurre que eso es lo que puede demostrar Levitt con los números, pero no hay que ser un halcón para ver que la correlación real está en que, donde hay libros, suele haber personas que leen libros; y que, donde no hay libros, suele haber personas que no leen libros. Para fomentar el hábito de la lectura en los niños, entonces, hay que hacer leer a los adultos, y ello requiere mucho más trabajo y motivación que recibir un regalo que para mucha gente será tan exótico como un ornitorrinco cruzado con un puercoespín.

No quise ser maletero, aclaro.