lunes, junio 08, 2009

La carretera

Confieso que las primeras cien páginas se me hicieron eternas. También avancé a tropezones con la anterior novela de Corman McCarthy, No es país para viejos (y me gustó más la película de los Coen que el libro). Detesto que se abstenga de usas signos de puntuación para marcar los diálogos, aunque en La carretera por lo menos separa las líneas de los interlocutores. Por lo mismo, siguen en mi larguísima lista de pendientes, y desde hace años, En la frontera y Sultree. Pero no es sólo eso: también me irrita un cierto sonsonete monocorde en el estilo, una planicie estilística que sólo se rompe con frases bien logradas que cierran ciertos párrafos. El efecto es adormecedor y a mí por lo menos me distrae y me obliga, cada cierto tiempo, a retomar la lectura dos o tres párrafos más atrás de donde se supone que voy.

Por supuesto, no diré que La carretera es una mala novela: no lo es. Aunque me decepcionó el final, no diré el motivo: en este año se estrena la versión cinematográfica (el trailer es impresionante) y sería un pecado imperdonable privar a Hollywood de sus derechos. Y es una buena novela por la radicalidad con que aborda un tópico de la literatura y el cine: el fin del mundo, el apocalipsis, la desaparición radical de una manera de situarse en la realidad. Aunque el tópico pertenece más a la ciencia ficción, la novela de McCarthy está muy lejos de ese género, por el modo en que los protagonistas enfrentan la tragedia. El acento no está puesto en la aventura, que a su vez requiere que ciertas formas de organización -aunque sean tribales y regresivas en términos de organización social- sigan vigentes, así como también que existan recursos -alimentos, combustibles-, aunque en la lucha por ellos se sitúe la trama. Las hipótesis del exterminio suelen suponer una salida y los sobrevivientes crean el remedo de formas de gobierno y ejercicio del poder. McCarthy, en cambio, pone a sus protagonistas en una situación extrema. El mundo ha sido realmente arrasado. El sol se vislumbra apenas, y por pocas horas, a través de una densa lluvia de cenizas que obliga a usar mascarillas. Las ciudades son escombros y más cenizas. Toda vegetación ha muerto y el frío, la lluvia y la nieve son las condiciones climáticas habituales. Cada tanto, el hombre y el niño que van hacia el sur siguiendo las líneas de las antiguas carreteras se topan con tribus de caníbales. Cada tanto, en algún lugar, descubren restos del antiguo mundo que les permiten alimentarse y continuar el viaje, pero la terrible certeza de que todo ello se acabará, y que se cerrarán todos los caminos, desencadena una reflexión de impresionante amargura y con ecos existenciales que, más que ninguna otra cosa, le dan fuerza al relato y también su capacidad de estremecer, mucho más que las calaveras ensartadas en palos que jalonan el camino. Ya veremos si la película logra capturar algo de ello.

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