lunes, octubre 29, 2007

Madres, huachos, mitos, ollas

Texto de la presentación que hice de Madres y Huachos, de Sonia Montecino, en la Feria del Libro el domingo 28 de octubre.


Madres y huachos inscribe su tarea reflexiva en el ámbito de la academia. Lo digo de entrada porque hay que situar el libro entre sus pares y en su contexto, es decir, la discusión y la investigación, desde la antropología, la sociología y la historia, de los factores que contribuyen a formar la identidad de los chilenos como nación.

Identidad que, por supuesto, no podemos considerar como un dato fijo e inamovible, que nos deja como única tarea descubrir sus bordes y contornos. Al contrario, libros como Madres y huachos avanzan en la tarea no de descubrir, sino de fijar –aunque sea de manera transitoria- aquellos bordes y contornos, las líneas fluctuantes donde se cruza la historia con el presente, el perfil que emerge cuando realmente se indaga, sin temores ni restricciones, en los datos que entrega la realidad.

Leía hace poco un libro magnífico, Exégesis de lugares comunes, de León Bloy, un escritor furibundo y temible polemista, que reduce al ridículo más absurdo las frases hechas que salpican aún la conversación cotidiana; frases que se presentan con el carácter de sentencias fundadas en la tradición, tan irrebatibles como cargadas de sabiduría ancestral. Y no pude menos que relacionar aquel libro, tan distinto al que nos convoca hoy, simplemente por el hecho de leerlos en
paralelo, al menos en un aspecto.

Sonia Montecino sitúa las discusiones en torno a la identidad y el género en la perspectiva científica y académica, con abundante trabajo de campo y bibliografía al día; y, sobre esas bases, es capaz de describir y proponer nuevos territorios, nuevos elementos que iluminan mejor lo que somos y lo que queremos ser.

Es una actitud radicalmente distinta a aquella que encontramos en otros planos de la vida cotidiana, precisamente en aquellos donde abundan los usuarios de los lugares comunes. Y por supuesto que los resultados a los que arriba son también totalmente distintos. Es frecuente escuchar o leer, entre nosotros, frases como “es que la raza es la mala” o “El chileno es flojo y bueno pal copete”, afirmaciones que, o bien se fundan en una idea de raza totalmente superada por la antropología, o bien traslucen grotescas simplificaciones. Peor aún, sin embargo, son los lugares comunes con carta de respetabilidad, tal como los que desmenuza y destroza Bloy y que también Sonia Montecino, de manera menos explícita, reduce a polvo. “Chile es
homogéneo racial y culturalmente”, se oye decir. “En Chile no somos racistas”. “En Chile no existe el problema de integrar a los pueblos indígenas, como en Perú o Bolivia”.

¿Qué subyace aquí, de manera encubierta? Mi interpretación, que no aspira en modo alguno al rigor y la sistematicidad, es que este tipo de afirmaciones trata de eludir una cuestión clave para entender quiénes somos, que Sonia Montecino sí enfrenta con claridad y rigor en sus libros: el mestizaje que da forma a la nación chilena. Todo el reclamo de homogeneidad y la aspiración europeizante, me parece a mí, es un intento por esconder un origen que a lo menos inquieta y que bien probablemente avergüenza. Lo sorprendente es que aquel reclamo, a la luz de la historia, a la luz de los porfiados hechos, no resiste el menor análisis. Sonia Montecino propone, con Aguirre Beltrán, que hablemos de “Mestizoamérica”, para resaltar, dice, “el rasgo cultural más sobresaliente de nuestro continente”; y, sin embargo, la marca de la latinidad –invento francés- que dio origen a Latinoamérica, o la marca geográfica, muy conveniente desde el punto de vista de la diplomacia, que creó la expresión Iberoamérica, son muchísimo más populares.


Pero hay
una cuestión algo más sutil. Se escucha decir también, con frecuencia, que nuestra cultura se alimenta de una doble herencia, la europeo occidental que llegó desde España y la que nos legaron los pueblos originarios. Pero, si se hila fino detrás de aquel discurso, se advierte que el componente local, por así decirlo, queda prontamente reducido a su carácter arqueológico o, en el mejor de los casos, artesanal. Tenemos gredas y tejidos con motivos autóctonos: a ello parece quedar reducida la herencia cultural de los pueblos originarios. El idioma que utilizamos, los programas escolares, el desarrollo tecnológico, las pautas religiosas y sociales, provienen, en su inmensa mayoría, de la herencia cultural europea, y eso no produce rubor alguno. Al contrario, frases hechas como “los ingleses de América Latina”, aunque suelen ser motivo de bromas, encuentran un terreno fructífero no en razón de su desmesura, sino en razón de su sintonía con la secreta aspiración europeizante de quien la enuncia o la escucha con complacencia.

No lo digo con ánimo denigratorio. Yo creo que ahí hay una cuestión compleja, cuya manifestación discursiva tiene mucho de involuntario. Quizá sea hora de intentar desnudar lo que se esconde tras los lugares comunes o la fácil apelación a la tradición; pero, en principio, debo re
conocer que no sólo es la postura más fácil, sino también la más lógica, atendidas nuestras pautas de consumo cultural. Escribo sobre libros, sobre libros escritos o traducidos al español, sobre el gran fondo de la tradición de lectura y escritura que viene desde griegos y latinos. No puedo tirar la primera piedra.

Lo que quiero destacar de Sonia Montecino, en éste y en otros de sus libros, es que ella, aunque escriba inscrita en la misma tradición, sí es capaz de remover las aguas. Cuando me enfrenté a su
Mitos de Chile: diccionario de seres, magias y encantos, sentí que estaba recorriendo de nuevo un paisaje familiar, fijado en la memoria de la infancia, de los viajes, de las conversaciones; un paisaje conocido, pero que hasta entonces permanecía como un fondo difuso y profundamente enterrado en la trama de los recuerdos. Para mí fue una revelación. Y ahí entendí entonces, de mejor manera, el alcance y la dimensión de Madres y huachos, un libro de horizonte académico, sí, y por ello al alcance de relativamente pocos lectores, pero con mucho que decir a todos los potenciales lectores de Chile, a los que recibirán el maletín y a los que no lo recibirán.

Lo mismo me ocurrió, en una medida diferente, con La olla deleitosa. Cocinas mestizas de Chile, que recorre la geografía culinaria y sitúa en el amplio mapa de las referencias culturales algunos de los platos que forman parte del paisaje cotidiano.

No quiero escamotear aquí un dato básico: la autora va mucho más allá de todo lo dicho hasta aquí. De hecho, Madres y huachos enuncia el tema del mestizaje cultural, pero desde ahí avanza a los temas que más interesan a la autora, los temas de género, más específicamente el lugar de la mujer y de la madre en la estructura social y cultural de Chile y de América Latina, y el lugar –o no lugar- del padre ausente, que producen esa otra marca identitaria, con toda probabilidad también dolorosa e hiriente, del huacho.

Esta edición agrega, además, una segunda parte con artículos y elaboraciones más recientes, lo que convierte a este libro en nuevo, cuestión que justifica nuestra presencia en esta Feria, tan estricta en prohibir el lanzamiento de reediciones. Que esté compuesto de artículos abre una perspectiva diferente, lo que habitualmente se conoce como work in progress; un libro que crece y gana en perspectivas, que se comenta a sí mismo, que se enriquece progresivamente, que gana en profundidad gracias a la paciente reelaboración y descubrimiento de nuevos datos, elementos, enfoques y miradas.

Es, en suma, un libro nuevo, nuevo y distinto; y, aunque no lo fuera, sin duda que la recepción de los lectores lo será, porque el país es otro. Vivimos en un país con una Presidenta mujer, un país en donde temas como el machismo, la discriminación positiva hacia las mujeres en candidaturas parlamentarias y municipales y el femicidio –real y político- están en la agenda pública. Uno podrá concordar o no con la manera en que fueron enunciados o en las conclusiones de los distintos actores, pero sin duda que se trata de un fenómeno positivo, que ojalá ejerza alguna influencia en el estado actual de las cosas, donde la valoración diferencial de lo masculino y lo femenino erige, según la autora, “un andamiaje de desigualdades” que sirve de soporte a las percepciones subjetivas y a las prácticas sociales. Ya lo dijo Gabriela Mistral, autora que ha vuelto a la palestra pública gracias a los archivos de Doris Dana: habrá senadoras y, cita Sonia Montecino, serán “palomas entre cóndores”, capaces de establecer una nueva línea de movimiento que vaya “de la tierra a la mesa, de lo tangible a lo factible”.


Qué bueno sería entonces que el abordaje de estos temas se hiciera sobre la base de aportes tan sustantivos e iluminadores como los de esta nueva versión, que no edición, de Madres y huachos; y que los lugares comunes perdieran la descarada impunidad de que gozan hoy. Este libro debería pasar de la esfera académica que le dio origen a las conversaciones cotidianas. Y por eso, porque no soy ni académico ni especialista en temas de género, me alegra mucho haber podido presentar este libro, un libro importante que merece toda la difusión posible.

5 Comments:

Blogger nadie said...

estaba en la feria pero no te ví...

martes, octubre 30, 2007 10:35:00 p.m.  
Blogger Gonzalo B said...

Buen momento para que aparezca un libro así, en especial por lo que mencionas acerca del tipo de temas que se están discutiendo actualmente en el país.

martes, noviembre 06, 2007 8:28:00 p.m.  
Blogger BlackJacket said...

Estimado señor R. Pinto:
He leído todo su artículo y debo decir que no me queda para nada claro cuál sería la tesis fuerte que hace que este libro reciba tales elogios de su parte.

Por otra parte, y retomando en parte lo que usted dice, eso del mestizaje no me parece una categoría cultural valedera: para qué vamos a andar con cosas, sobre todo en Chile, somos europeos de segundo orden, sin cultura definida. Aquellos que apelan a la vuelta de lo indígena con suerte habrán vivido en una ruca o tocado el qultrún. esa revolución indígena debe salir de los indígenas mismos, ellos deben meterse en el sistema de una vez por todas, quiero decir, jugar el juego, y desde ahí,´sólo desde ahí quizá puedan darse a conocer.

Por otra parte: esa cuestión del discurso de género no es algo que me parezca tan interesante, sino que simplemente está de moda. La verdad, creo que lo que menos necesitamos hoy en día, en que la mujer tiene un rol fuerte en la sociedad, es más señoras feministas.

Eso que ella dice de "huacho" también es bien dudoso: por un lado pareciera ser lo mismo que lo que plantea O. Paz sólo que aplicado al ámbito chileno, y aquí, señor, no somos huachos, somos hijos de españoles, pero no queremos reconocerlo. Tampoco somos criollos, porque no tenemos una cultura que nos identifique. somos, más bien, los renegados.

reciba un cordial saludo de
Natalia F.

lunes, noviembre 12, 2007 9:37:00 p.m.  
Blogger nadie said...

ok. ya ha pasado mucho, actualíceme este blog

sábado, noviembre 24, 2007 11:24:00 a.m.  
Blogger nadie said...

veo que no soy la única desparecida
besotes

lunes, diciembre 10, 2007 2:13:00 p.m.  

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