lunes, julio 13, 2009

Mis primeras reseñas de libros de Roberto Bolaño

Estrella distante


Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1996. 157 páginas.

Caras, 23 de diciembre de 1996


Aunque su nombre es más bien desconocido en el país, se trata de un novelista chileno que ha tenido un enorme éxito de crítica. Sobre todo, con La Literatura nazi en América (Seix Barral, Barcelona, 1996; 237 páginas), una novela cuya impresionante eficacia narrativa radica en la superposición de territorios imaginarios -el mapa literario de América sobre el mapa de la narrativa nazi- y de ambos sobre el trazado cultural y geográfico del continente, en un revelador y apasionante juego de sombras y contrastes.


Estrella distante es ni más ni menos que la extensión a novela de uno de los episodios de la obra anterior a Bolaño, Ramirez Hoffman, el infame. En Concepción, antes del golpe militar, un personaje inquietante deambula por los talleres literarios de la Universidad penquista, integrados mayormente por personajes que hablaban “en argot o en jerga marxista mandrakista”. Es poeta, efectivamente, pero su escritura tiene algo de distanciado, de ajeno, que pone nerviosos a sus interlocutores. El golpe revela su verdadera identidad: se trata del capitán de aviación Carlos Wieder, cuyo concepto del verdadero arte está demasiado lejos de los modelos convencionales. No es sólo la estela de muertes tras de sí lo que convierte a Wieder en un personaje de leyenda, sino su particular y siniestro credo estético. Su trayectoria es seguida de lejos por el narrador, tanto en Chile como en el exilio, con la fascinación y el terror que despiertan los personajes de múltiples caras y una sola idea.


La estructura no es, obviamente, convencional, pero su novedad pasa casi inadvertida al ritmo de una trama que no otorga respiro al lector. Espacios, texturas y personajes de rara originalidad dan cuerpo a una obra notable por su capacidad de remecer las convenciones –literarias y sociales– vigentes en el país.


Una escritura tan poderosamente original y reveladora merece mucho más difusión de la que ha tenido. Aunque, como suele ocurrir en el caso de los que realmente valen, la recomendación “boca a boca” ha significado que los libros de Bolaño desaparezcan con rapidez de las vitrinas.


Llamadas telefónicas


Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1997. 205 páginas.

Caras, 23 de enero de 1998


La aparición de Bolaño en nuestro medio literario, aún cuando ya había publicado cinco libros de poesía y tres de narrativa, se produjo bruscamente con la distribución de sus dos siguientes obras, Historia de la Literatura nazi en América y Estrella distante, ambas de 1996. Con la mayor parte de su trayectoria realizada en España y sumamente reacio a dar entrevistas, el autor de Llamadas telefónicas mantiene abierta una curiosidad que sólo puede satisfacerse mediante la lectura de sus libros: y aquí está su estupenda colección de cuentos para hacerlo.


El libro está estructurado en tres partes, cada una titulada como el último relato de cada sección (y a su vez, el de la primera parte el título al conjunto total). Y efectivamente, aunque de manera elástica y casi imperceptible, los relatos de cada subgrupo tiene rasgos comunes. En el primero, los personajes son escritores o tienen alguna ligazón con la literatura; en el segundo, “Asesinos”, la muerte –o la amenaza de muerte– es una presencia más leve o más poderosa, pero constante; y el último, “Vida de Anne Moore”, reúne cuatro relatos sobre mujeres. Pero más allá de esta división, el libro denota una sorprendente continuidad y coherencia en el estilo al que Bolaño comienza a acostumbrarnos: historias de personajes que están en el margen, en algún margen, en el borde de la desesperación, de la sicosis, del desarraigo; historias que se construyen, sin embargo, en el tono casi monocorde de lo más cotidiano y vulgar de cualquier existencia. Paralelamente, Bolaño asume plenamente el juego de la cita, de la parodia, de la literatura dentro de la literatura, multiplicando las referencias sin que ello se haga sentir en la lectura. De hecho, en lo que también parece ser su marca de fábrica, remitir a su propia obra, uno da los mejores relatos del libro -“Joanna Silvestri”– es la ampliación de un fugaz episodio de Estrella distante. Hay que señalar, también, que Bolaño se muestra aquí como un maestro en los finales abiertos, cuestión siempre difícil de resolver en las narraciones cortas.


El denso mundo narrativo de Bolaño recorre lugares de muy diversa geografía; España, en muchos cuentos, pro también México, Rusia, Estados Unidos, Chile. Las referencias políticas y sociales están aquí asumidas como parte de la realidad, y no como un factor desencadenante de la trama, lo que multiplica la eficacia narrativa de esta propuesta. En síntesis, Bolaño confirma aquí todas sus virtudes que lo señalan inequívocamente como el escritor más promisorio de su generación.


La pista de hielo


Por Roberto Bolaño. Planeta, Santiago,1998. 188 páginas.

Caras, 11 de diciembre de 1998


El escritor chileno Roberto Bolaño vino al país, tras más de 20 años de ausencia, al lanzamiento de esta novela, publicada previamente y en edición limitada en 1993 como ganadora del Premio de Narrativa Ciudad Alcalá de Henares. En consecuencia, este libro es anterior a las obras que lo abrieron una gran ventana en el ámbito literario hispanoamericano, La literatura nazi en América, Estrella distante y Llamadas telefónicas. No por ello, sin embargo, se trata de una obra menor u olvidable; al contrario, revela, una vez más, la extrema ductilidad de estilo de Bolaño y marca también algunos de los temas que no cesa de invocar en el conjunto de la narrativa más interesante que ha producido un escritor de esta generación.


La pista de hielo se sitúa en el balneario de Z, en la costa mediterránea catalana, un pueblo que vive su esplendor en los meses de verano y languidece en calma durante el invierno. Tres narradores alternan sus voces: un chileno poeta y escritor, Remo Morán, responsable de un texto delirante, “San Bernardo” –resumido en uno de los capítulos-, protagonizado por un santo, un perro o un hombre que responde al nombre de Bernardo. Pero Morán vive de tiendas de bisutería, hoteles, bares y campings, alejado por completo de la escritura. El segundo narrador es un poeta mexicano, lejano amigo de Morán, que asume un trabajo como guarda del camping de este último. El tercero es Enric Rosquelles, funcionario del municipio, un gordo con una alta opinión de sí mismo. Circulan además por sus páginas una bella patinadora, una joven vagabunda que suele portar un enorme cuchillo, una revenida cantante de ópera que vive de la caridad, un misterioso mendigo que responde al apodo de El Recluta, y una pequeña galería de personajes que completa el reparto de una trama cuyo rumbo se encamina, inequívoco, a la tragedia, pero con un lenguaje, una distancia y una saludable dosis de humor negro que evitan toda tentación de exagerado dramatismo.


La trama es simple, con contrapuestas historias de amor, con una estafa de por medio y un solitario caserón, el palacio Benvingut, en donde se concentran los hilos del relato. La pista de hielo podría leerse como una historia policial, puesto que hay un crimen de por medio; pero basta conocer un poco la narrativa de Bolaño para advertir, de entrada, que lo que importa es otra cosa, no el cuchillo o el asesinato, sino la vida marginal y castigada de la mayoría de los personajes, cuya búsqueda errabunda parece limitarse a encontrar un lugar en donde apenas sobrevivir. Parece: porque la historia, aun con esos ingredientes y personajes, abre paso a otras realidades, a otros encuentros, a aquello que el lector atento sabrá descubrir y apreciar.


Los detectives salvajes


Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1998, 616 páginas.

Caras, 22 de enero de 1999

A
un ritmo vertiginoso, Roberto Bolaño ha ido construyendo la obra más significativa y poderosa de la narrativa chilena de las últimas décadas. Tras la edición en Chile de la Pista de Hielo, una de sus primeras obras, vino pronto desde España su más reciente y más ambiciosa obra, Los detectives salvajes, de una extensión correspondiente con el espíritu que anima sus páginas. Abarcadora y total, pone en movimiento temas ya característicos de la narrativa de Bolaño: el exilio de su más amplia acepción, o, más bien, el desarraigo como una característica de los tiempos; la vida de los escritores y el sentido (o sin sentido) de escribir; la instalación del azar como un poderoso motor de la narración.

Los detectives salvajes abre con el extenso diario de un poeta mexicano, Juan García Madero, en 1976, que narra su encuentro con los poetas real visceralistas y sus dos líderes, el chileno Arturo Belano (alter ego del autor) y el mexicano Ulises Lima. Concluye el diario cuando ellos tres y Lupe, una prostituta mexicana perseguida por su patrón, huyen hacia Sonora, con la tarea de descubrir las huellas de Cesárea Tinajero, poetisa fundadora de un movimiento que antecede y prefigura la estética real visceralista. En este punto, la novela abre paso a su sección más extensa, entregada a una multiplicidad de voces que narran sus encuentros a veces sumamente laterales con Belano y Lima, que se prolonga hasta 1996; y, finalmente, retoma el relato García Madero, con lo que ocurrió después de su partida hacia Sonora.


Tal vez uno de los rasgos más notables de esta novela es el doble juego entre la investigación de Belano y Lima tras las huellas de Cesárea Tinajero y la investigación, por así decirlo, del narrador tras las huellas de Belano y Lima. Los personajes de la novela son los testigos de esta búsqueda. Cada uno en escenarios tan diversos como Barcelona y Tel Aviv, París y Viena, Nigeria y Nicaragua aporta una pieza al puzzle, aunque en muchos momentos sus historias alcanzan un perfecto nivel de autonomía, relatos dentro del relato, cuentos que podrían leerse en forma independiente, pero que son, en realidad, parte de una novela extraordinaria en la que Bolaño despliega sus recursos narrativos y su desencantada visión del mundo. Con un rigor asombroso, el autor somete a juicio a toda la literatura latinoamericana del siglo y a buena parte de la historia, siempre en nombre del empeño de sus personajes protagónicos por descubrir las huellas secretas que pueden revelar el sentido de la poesía y de la vida.

No se equivocan ni exageran los críticos que comparan esta novela con Rayuela y otras obras fundacionales del boom de los sesenta. Bolaño ha elaborado una propuesta compleja y múltiple, que, nuevamente, reinventa el arte de escribir novelas y remece el sentido de la escritura.


Amuleto


Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1999. 154 páginas.

Caras, 21 de julio de 1999


En esta columna se habló de Los Detectives Salvajes como la gran novela del desarraigo latinoamericano, que exploró tres décadas de la convulsa historia (literaria y política) de este continente. Uno de los muchos episodios de este vasto frasco cuenta la historia de una poetisa uruguaya que permaneció quince días encerrada en el baño de la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de México en 1966, cuando el ejército y los granaderos violaron la autonomía universitaria y detuvieron o expulsaron a todos los habituales ocupantes del campus, excepto a Auxilio Lacouture. Es este episodio el que Roberto Bolaño, conforme a un procedimiento ya habitual en su narrativa, extiende a novela. Novela breve y menor, según indicó el autor en una entrevista reciente, porque está escrita en primera persona, y las grandes obras, según él se escriben en tercera persona. Independientemente de la validez de esta provocativa afirmación, lo cierto es que Amuleto no “pesa” lo mismo que la anterior, sin por ello dejar de ser una estupenda novela.


¿Por qué Auxilio Lacouture y sus quince días encerrada en el baño? ¿Por qué este episodio, entre tantos otros que dan para entender el riquísimo mundo narrativo del autor, es el que quedó como deuda pendiente dentro de Los Detectives Salvajes? Se debe, probablemente, al carácter emblemático que los hechos de 1968 (la toma de la Universidad y la matanza de la Plaza de Tlatelolco) tienen para la década de los sesenta. Y se da aquí una curiosa paradoja: Amuleto es una de las novelas más políticas del autor y, sin embargo, es también la que más se deja llevar por el ritmo poderoso del sueño y el delirio de la poetisa encerrada en el baño, que revive e inventa sin transición escenas o historias en donde se pierde completamente la distinción entre la historia y la fantasía. Sucesivos fantasmas asoman en la conciencia errante de Auxilio y el hilo de la narración oscila y vuelve permanentemente a la luna que recorre las baldosas, mientras ella, con su boca privada de dientes, se tapa pudorosamente la boca cuando enfrenta a sus personajes, a sus recuerdos, a sus fantasías, a los seres evocados por su delirio. Entonces va tomando forma un oblicuo (y no por ello menos eficaz) homenaje a quienes lucharon por cambiar el mundo en esos años. Un antiguo mito griego se enlaza con los vaivenes de la política latinoamericana y los frustrados intentos revolucionarios, dos tragedias en una y gran fuerza y sentido para dotar a Amuleto, pese a su carácter menor, de un papel central en la narrativa de Roberto Bolaño.


Monsieur Pain


Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1999, 171 páginas.

Caras, 7 de enero de 2000

Escrita a comienzos de la pasada década, esta novela de Bolaño (publicada originalmente con el título de La Senda de los elefantes) pertenece al grupo de obras que el autor señala como “dinosaurios” dentro de su trayectoria de escritura, al igual que Consejos de un discípulo de Joyce a un fanático de Morrison, escrita junto a Antonio García-Porta, y La Pista de Hielo, reeditada por Planeta en Chile. Y si bien ésta última ya puede asimilarse, aunque sea lateralmente, al ciclo narrativo que gira en torno a Los detectives salvajes, las dos primeras responden a otras obsesiones y rumbos.

Consejos…es una obra sumamente curiosa, que funde reflexiones literarias con las andanzas de una pareja de jóvenes sicópatas asesinos de Barcelona, muchos años antes de que el cine de Hollywood popularizara el tópico. Monsieur Pain, con el mérito de ser la primera novela, enteramente escrita por Bolaño, contribuye en varios sentidos a afirmar la cronología y el recorrido del autor. Partamos por lo más circunstancial: la novela ganó dos premios y fue editada, lo que está narrado en uno de los cuentos de Llamadas telefónicas. Estos premios, según la nota escrita por Bolaño para esta edición, son los más importantes que ha recibido, “premios búfalo que un piel roja tenía que salir a cazar pues en ello le iba la vida”. El escritor a la intemperie, en el descampado, tuvo finalmente la recompensa por sus desvelos, lo que no disminuye en nada su reconocimiento por los primeros trofeos.

En un sentido muy diferente, Monsieur Pain revela a un Bolaño ya dueño de su talento narrativo, pero con un tono distinto y algo rígido todavía en el desarrollo de la historia, aunque ésta, desde luego, ya evidencia algunas de sus obsesiones y temáticas. Por de pronto, la relación con los libros y la literatura; el argumento circunda y rodea al poeta César Vallejo, agonizante en un hospital parisino, y los textos sobre el mesmerismo o curación por la hipnosis son abundantemente citados. El epígrafe cita a quien más contribuyó a divulgar esa teoría, Edgar Allan Poe, con su relato Revelaciones mesméricas. Pero sólo lo rodea, puesto que la historia cuenta de una oscura conspiración que tiene en su centro al poeta y al mesmerista Pain, llamado a última hora para tratar de sanar al enfermo. En sus intentos por acceder a Vallejo, Pain va encontrando personajes siniestros de ocultas motivaciones y conoce la existencia un París sepulcral y siniestro muy distinto del habitual. Y, como suele ocurrir con Bolaño, nada es simple y todo giro de la novela, por inexplicable que parezca, tiene un sentido oculto. Así, una conspiración conduce a otra, a acontecimientos ya lejanos en el tiempo. Esas verdades acechan a un tranquilo, tímido y algo timorato Pierre Pain, que a sus cuarenta y tantos años sólo ha descubierto formas calmadas de resistir la angustia, y sólo terminan de ensamblarse en el Epílogo de voces: la senda de los elefantes que cierra el libro con datos biográficos (o datos simplemente) sobre algunos de los personajes del libro.

En suma, una novela con algo más que valor arqueológico, que muestra un narrador fuera de su círculo habitual con personajes distintos y en otro entorno, que trae ecos de lecturas y preocupaciones probablemente ya superadas o, mejor dicho, trabajadas y transformadas en las obras posteriores que han merecido el justo reconocimiento de la crítica y los lectores.

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domingo, marzo 18, 2007

Tormenta de mierda

Recupero en esta entrada el título original de Nocturno de Chile, dato no siempre recordado y que bien puede servir para devolver una mirada más fresca sobre esa novela y sobre el momento en que fue escrita. Tanto la reseña que escribí en su momento, que copio más abajo, como en la entrevista linkeada más arriba, tienen una marca coyuntural muy fuerte, la disputa que Bolaño ya sostenía con el gremio criollo y que se vio acentuada con este texto. Sigo pensando que Nocturno de Chile es una excelente novela. Quizá "de cámara", como dijo Bolaño; quizá menor, al lado de Los detectives salvajes y 2666; pero, sin duda, extrañamente iluminadora, parte importante de lo que podría llamarse el "ciclo chileno" en su narrativa, hecho más de obras breves -novelas, cuentos y un poema largo, extraordinario, que bien podría haber sido también una novela-río de cientos de páginas- que de una gran novela en torno a la cual giran precuelas, secuelas y extensiones varias. La pronta llegada a Chile de dos libros póstumos del autor permitirá finalmente completar el mapa de un proyecto literario que, aunque trunco, sigue siendo el más provocador y estimulante de la narrativa chilena en muchas décadas.

Nocturno de Chile

Por Roberto Bolaño. Editorial Anagrama, Barcelona, 2000. 150 páginas.

Si alguien piensa todavía que Roberto Bolaño es más mexicano o más español que chileno, esta novela debería convencerlo de lo contrario. Porque Nocturno de Chile es tan o más local que Estrella distante, única entre sus obras anteriores situada en nuestro país. Y lo es más no sólo por el título, sino porque constituye una contundente y precisa mirada sobre el último medio siglo de la historia de Chile, entre 1950 y 2000.

Para no arriesgar querellas, Bolaño ha preferido dejar al lector la tarea de adivinar algo extraordinariamente fácil, es decir, quiénes son los críticos literarios que en la novela adoptan los nombres de Farewell y Sebastián Urrutia Lacroix. Para evitar querellas también, aquí se seguirá la misma práctica. Sin embargo, es precisa otra obvia aclaración. Se trata de una novela y, por lo tanto, su compromiso con la verdad histórica opera a otro nivel. No se le puede pedir exactitud respecto de hechos reales, sino capacidad reveladora. Por lo mismo, los personajes, sea Farewell, el general Pinochet o los señores Oido y Odeim (que hay que leer al revés para enterarse inmediatamente del ominoso sentido de aquellos nombres, o esperar su aparición en la trama para advertir lo mismo), son personajes, creados por el autor y sujetos a las leyes de la ficción. Porque, además, no se trata de una novela histórica, sino de una obra que dialoga con la historia, la interpreta y la revela como sólo es capaz de hacerlo la ficción, tan frecuentemente más verdadera que la mera relación de hechos.

El protagonista es el mencionado Sebastián Urrutia Lacroix, sacerdote del Opus Dei y crítico literario de un importante diario de Santiago de Chile, con el seudónimo de H. Ibacache, el cura Ibacache. Agoniza en el amanecer del año 2000 y en su largo insomnio recuerda, recuerda y narra su vida desde que conoció a Farewell, otro crítico famosísimo, cuando recién salía del seminario, hasta la segunda llegada de un Presidente socialista al Palacio de la Moneda. En el camino, Urrutia Lacroix viaja al sur, al fundo de Farewell, donde comparte con Neruda; enumera a los autores que leyó y comentó; cuenta historias como la de Salvador Reyes, Ernst Jünger y un pintor guatemalteco agonizante de hambre en el París ocupado por los nazis, o la del zapatero que construyó un mausoleo en la Colina de los Héroes, en Europa; viaja por ese continente y aprende que los curas europeos son expertos en el arte de la cetrería, porque los halcones son el mejor método para exterminar a las palomas que se cagan en las iglesias; vuelve a Chile y estudia incansablemente a los griegos mientras Salvador Allende gobierna el país; le hace clases de marxismo al general Pinochet y al resto de la junta militar; y es testigo de las tertulias literarias que se celebraban en cierta casa de Lo Curro, en cuyo sótano se torturaba a prisioneros, cosa de la que Urrutia Lacroix se entera mucho más tarde.

¿Qué concluye el cura Ibacache? Que "Chile entero se había convertido en el árbol de Judas, un árbol sin hojas, aparentemente muerto, pero bien enraizado todavía en la tierra negra, nuestra fértil tierra negra en donde los gusanos miden cuarenta centímetros".

Nocturno de Chile se compone de dos párrafos. Uno cubre la casi totalidad de la novela; el otro es la línea final. Ambos textos, pese a su tan diferente dimensión, se potencian mutuamente y arrojan luz el uno sobre el otro. Y a partir de ese juego, del monólogo interminable de Urrutia Lacroix y la escueta frase que cierra el texto (muy exigente desde el punto de vista del estilo, que mantiene la tensión sin punto aparte alguno durante casi todo el libro), se desprende otra lectura de la historia, otra manera de entender o de explicar qué nos pasó y por qué los hechos ocurrieron como ocurrieron.

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martes, octubre 10, 2006

Bolaño revisitado

Este artículo apareció en el número tres de la Revista UDP. Pensamiento y cultura, hace un par de meses. Por error de la empresa de distribución, recién hoy me llegó un ejemplar. Nunca me gustó el título, pero tampoco se me ocurrió uno mejor a tiempo.

Bolaño, ¿un clásico?

Mi profesor de literatura española en la universidad estuvo a punto de quitarle toda posibilidad de placer a la lectura del Quijote. Era un obseso de las citas textuales. Había que enfrentarse al libro como a una eterna suma de frases y atender, sobre todo, a los personajes mínimos, a aquellos nombrados de pasada en algún oscuro episodio, porque esos eran los que había que recordar. Nada de miradas a vuelo de pájaro, intentos de interpretaciones audaces o búsqueda de un atisbo de perspectiva; era, realmente, una lectura literal del Quijote, a la letra y letra por letra, una suerte de trabajo forzado lleno de trampas y rincones minados. Pero el libro se impuso por sí mismo y terminé leyéndolo con creciente interés y luego con pasión (muy lejos de lo que había sido mi primera y parcial experiencia durante la enseñanza media, con el mismo libro), olvidando el pie forzado, arriesgando bajas calificaciones en los controles de lectura. Qué más daba. No estaba de acuerdo con el método y me bastaba con aprobar el curso, cosa que logré sin brillo y sin gloria, pero feliz de haber leído a Cervantes a mi ritmo y siguiendo mis propias obsesiones.

Y ahora que releí 2666 de Roberto Bolaño, sin la obligación de hacerlo rápido para alcanzar a redactar una reseña para la revista en que escribo semanalmente, recordé a mi antiguo profesor, que en paz descanse, e imaginé que se reencarnaba en el año 2666, como profesor de literatura latinoamericana del siglo XX, y que preguntaba a sus alumnos, por ejemplo, cuántas generaciones de María Expósito convivieron en la misma casa, o cómo se llamaba el bar donde bebieron juntos Marco Antonio Guerra y Amalfitano, o cuál de las víctimas murió tras su cuarto infarto al miocardio, o qué episodio corresponde al cruce de las tramas de esta novela y de Los detectives salvajes. 2666 habría sido un desafío memorable para mi profesor: sólo en "La parte de los crímenes" habría tenido nada menos que 352 páginas con un protagonista colectivo, una interminable procesión de personajes de fugaz aparición entre algunos pocos que entran y salen cada cierto tiempo del caudaloso río del relato; y en las otras cuatro partes, historias innumerables que extienden zarcillos y raíces, líneas de comunicación, ventanas y túneles, entre unas y otras.

Pero pronto deseché tal ejercicio imaginativo. Era demasiado inverosímil pensar que en seis siglos más todavía existirán profesores y alumnos reunidos en una sala, sin más recursos técnicos que el pizarrón y la tiza. Para ese entonces, es más fácil pensar que un libro estará contenido en un chip diminuto que se insertará en un terminal instalado, por ejemplo, en el antebrazo, para traspasarse directamente a la memoria, que se desplegará para acogerlo y juzgarlo sin más trámite. Aunque quién sabe. Auscultar el futuro es tarea de videntes y novelistas de ciencia ficción, no de un crítico literario. Perdido ante la instantánea aparición de cientos de futuros posibles para el libro y la literatura, tiré la esponja.

Pero seguí pensando en mi profesor y sus ejercicios memorísticos (por cierto, la suya era una memoria prodigiosa). Y vi, o creí ver, que había cuestiones de fondo que socavaban desde el inicio tal ejercicio imaginativo.

Primero, el contenido de 2666 no es del tipo susceptible de resistir una evocación de los detalles, especialmente en "La parte de los crímenes". El lector tiende, más bien, a olvidarlos rápido, para atender al despliegue del conjunto. Tanta suma de horrores, uno detrás de otro; tantos cuerpos violados, mutilados, torturados y asesinados, tanta angustia, tanto dolor, esa sensación terrible que experimentaron la madre de las desaparecidas hermanas Noriega y sus vecinas, "lo que era estar en el purgatorio, una larga espera inerme, una espera cuya columna vertebral era el desamparo, algo muy latinoamericano, por otra parte, una sensación familiar, algo que si uno lo pensaba bien experimentaba todos los días, pero sin angustia, sin la muerte sobrevolando el barrio como una bandada de zopilotes y espesándolo todo, trastocando la rutina de todo, poniendo todas las cosas al revés". ¿Habría sido mi profesor, realmente, capaz de exigir a sus alumnos detalles tan siniestros como que Herminia Noriega murió tras su cuarto infarto, tras horas de torturas inimaginables? ¿Habría querido que recordaran que, pensando en los cuatro infartos que sufrió la niña, el judicial Juan de Dios Martínez "se cubría la cabeza con las manos y de sus labios escapaba un ulular débil y preciso, como si llorara o pugnara por llorar"?

Lo dudo. Era un hombre profundamente conservador, aunque capaz de apreciar matices nuevos, pero me atrevo a apostar que 2666, y en general la obra de Bolaño, le habría parecido un completo despropósito, indigna del parnaso literario. Que se entienda bien: no quiero desmerecer a mi antiguo profesor. Es que, simplemente, no es de esta época. Probablemente, como Luis Sánchez Latorre, habría dicho que ya no leyó a Bolaño.

Y aquello del parnaso literario lleva a la pregunta de si Bolaño llegará a ser un clásico. Caso en el cual habría lugar para estudios interesantes y enriquecedores, pero también para cartografías aún más perversas; por ejemplo, una tesis literario-estadística sobre el número de mujeres muertas en 2666, con tablas que detallen grado de desnudez, causa de la muerte, si fueron o no violadas y por cuáles conductos, número de mutiladas, edades, porcentaje de mujeres delgadas con cabello negro y largo, etcétera, todo ello dirigido a mostrar, por ejemplo, la función de la reiteración en la narrativa, o para demostrar que 2666 responde a la estética minimalista que adelantaron, en la música, LaMonte Young y Steve Reich, y que popularizó el más accesible de ellos, Philip Glass. Que para todo da la academia, especialmente si se trata de clásicos.

De cualquier modo, aquello no se ha cumplido aún -ninguna obra de Bolaño es todavía considerada un clásico-, aunque, por cierto, ya deben menudear las tesis de pre y post grado sobre el autor y su obra. Avancemos, entonces, en la pregunta formulada. Para no especular simplemente, comencemos por sus filiaciones literarias: dime de dónde vienes y te diré quién eres.

Hasta el momento, que se sepa, no se ha escrito ni investigado mucho sobre qué escritores influyeron en la poética de Bolaño. No hay que escarbar en exceso para situar a Borges, Kafka y Vallejo como antecedentes relevantes; el primero por La historia de la literatura nazi en América. Bolaño explicitó, en una entrevista, la genealogía: el primer hito es La sinagoga de los iclonoclastas, de Rodolfo Wilcock, que, a su vez, “le debe muchísimo a Historia universal de la infamia, de Borges, cosa nada de rara porque Wilcock fue amigo de Borges y admirador de Borges”. A su vez, ese libro le debe mucho a uno sus maestros, Alfonso Reyes, “el escritor mexicano que tiene un libro que se llama Retratos reales e imaginarios, una joya. A su vez, el libro de Alfonso Reyes le debe mucho a Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, que es de donde parte esto. Pero, a su vez, Vidas imaginarias le debe mucho a toda la metodología y la forma de servir en bandeja ciertas biografías que usaban los enciclopedistas”. Toda una familia literaria, que aún podría remontarse a William Beckford y sus Memorias biográficas de pintores extraordinarios, que remite a un procedimiento que Bolaño posteriormente perfeccionó y amplió hasta notables dimensiones.

El segundo, muy claramente por "El policía de las ratas", cuento que pertenece a El gaucho insufrible, extraordinario y explícito homenaje al autor checo a partir de su cuento "Josefina la cantora"; pero también por un tono subterráneo que recorre la obra de Bolaño, las empresas imposibles, las desviaciones eternas, la sensación de que no hay un punto de llegada posible. En ambos autores, además, hay un juego entre sus propios nombres y los de los personajes: el señor K y Arturo Belano están más emparentados de lo que parece, pasajeros de obras que remiten a otras y que van creciendo hasta que pareciera que forman parte de una sola, una novela total que se entrega por capítulos, algunos más cercanos al centro, unos en la periferia, otros que anuncian nuevos desarrollos y variantes.

El tercero, por Monsieur Pain, donde el poeta peruano agoniza en un hospital mientras a su alrededor se teje una rara trama de mesmerismo y crimen. Vallejo es el gran escritor mestizo de América, que escribió buena parte de su obra desde su auto exilio en Madrid y París. Bolaño pone en escena los acentos y las expresiones de chilenos, argentinos, uruguayos, mexicanos y españoles, por lo menos, y su perspectiva del desarraigo, uno de los temas recurrentes en su obra, tiene alcances latinoamericanos.

Una línea consistente en su obra discurre por la literatura. Cuentos de escritores, personajes que escriben y que hablan de escritores, poemas dedicados a la literatura. En ese sentido, funciona como un catálogo de lectura, de amores y de odios, de preferencias arbitrarias, de descubrimientos, de revelaciones; pero también como un sustrato explícito de su obra, que muestra a su vez cómo entiende Bolaño la tarea del escritor. No se puede escribir sin los otros, sin dialogar con ellos, sin establecer también puentes, filiaciones y líneas de contacto con sus obras. Catálogo, además, siempre revelador, tanto del monumental lector que fue Bolaño como de la manera en que logró engarzar ese diálogo en sus obras. Hay quien dice que, al menos en esa variante, Bolaño es un escritor para escritores. Hace pocos meses, una apoderada del colegio de mis hijos me contó que le había regalado a su papá, ex funcionario de la policía de investigaciones, Los detectives salvajes. Al comienzo, el antiguo detective refunfuñaba y reclamaba contra el autor: mucho sexo y mucho nombre, decía. Pero terminó la lectura del libro llorando.

Recordemos otro antecedente: en el discurso de recepción del Rómulo Gallegos, Bolaño habló de Cervantes y de su comparación entre la milicia y la poesía, punto que escogió para explicitar su poética, la visión de su obra como un homenaje a la generación perdida de América Latina. Pero también, en un detalle nada trivial, dijo que "desde la mesa donde escribo estoy viendo mis dos ediciones del Quijote". Que es como decir: alzo los ojos y las veo. O bien: escribo bajo la mirada vigilante de Cervantes. O: Cervantes es el punto focal de mi escritura. Cuando le preguntaron, en una entrevista, acerca de sus lecturas fundamentales, enumeró: “El Quijote, de Cervantes. Moby Dick, de Melville. La Obra Completa de Borges. Rayuela, de Cortázar. La conjura de los necios, de Kennedy Toole. Nadja, de Breton. Las cartas de Jacques Vaché. Todo Ubú, de Jarry. La vida, instrucciones de uso, de Perec. El castillo y El proceso, de Kafka. Los aforismos de Lichtenberg. El Tractatus de Wittgenstein. La invención de Morel, de Bioy Casares. El Satiricón, de Petronio. La Historia de Roma, de Tito Livio. Los Pensamientos de Pascal”.

Cervantes, el primero en la lista, es el padre de la novela universal. Bolaño, sin necesidad de nombrar las obras del párrafo anterior, se refiere a ellas cuando escribe en 2666 que "ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez". Y, sin duda, Bolaño tenía clara conciencia acerca del valor fundacional de su obra, en el sentido de establecer un nuevo paradigma para la novela.

Contrastemos esa conciencia (que se desprende de su obra, no de sus declaraciones a la prensa o de sus columnas y ensayos) con sus dichos en esos contextos. Bolaño siempre negó el carácter trascendente de su obra, así como, por otra parte, de la de todo el mundo, salvo, claro , la de los grandes maestros.

"Yo no sé cómo -dijo- hay escritores que aún creen en la inmortalidad literaria. Entiendo que haya quienes creen en la inmortalidad del alma, incluso puedo entender a los que creen en el Paraíso y el Infierno, y en esa estación intermedia y sobrecogedora que es el Purgatorio, pero cuando escucho a un escritor hablar de la inmortalidad de determinadas obras literarias me dan ganas de abofetearlo. No estoy hablando de pegarle sino de darle una sola bofetada y después, probablemente, abrazarlo y confortarlo. En esto, yo sé que algunos no estarán de acuerdo conmigo por ser personas básicamente no violentas. Yo también lo soy. Cuando digo darle una bofetada estoy más bien pensando en el carácter lenitivo de ciertas bofetadas, como aquellas que en el cine se les da a los histéricos o a las histéricas para que reaccionen y dejen de gritar y salven su vida".

Y, sin embargo, a pesar de ese escepticismo, persistió en la tarea de escribir obras descomunales como Los detectives salvajes y 2666. Obras de compleja arquitectura, cuya extensión y osadía formal ya son un desafío formidable para los lectores. Está por verse qué efecto ejercerá la poética de Bolaño sobre las nuevas generaciones de escritores, pero lo que sí está claro es que ya se lo define como un nítido punto de referencia, que marca un antes y un después: ¿será aquello el primer requisito para alcanzar la estatura de un clásico?

Bolaño dijo que la literatura era un oficio peligroso, frase que fue tomada con cierta sorna en los comidillos literarios. El peligro no radica, desde luego, en el acto de escribir, que tiene algo de burocratico y oficinesco por más nobles que sean sus materiales, sino en lo que se puede descubrir a través de la escritura, en los mundos que el escritor abre, en lo que puede llegar a revelar, finalmente, sobre las profundidades del corazón humano.

“Ciudad Juárez” -Santa Teresa en 2666- es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos”, dijo en su última entrevista, respondiendo a la pregunta de qué era para él el infierno. Y, ciertamente, es infernal el mundo que describe en “La parte de los crímenes”, “la náusea y la rabia” que siente Harry Magaña, el sheriff de Huntville que sigue el rastro de mujeres estadounidenses desaparecidas, cuando ve, en una casona oscura, que alguien levanta un bulto de la cama envuelto en plástico. Náusea y rabia ante la violencia, el asesinato, la impunidad, la complicidad de policías y jueces, náusea y rabia ante el designio de matar, “infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos”. Pero no se trata, ni mucho menos, solamente de una denuncia moral, social o política. Es un paso más -y tan certero como apasionante- en la indagación sobre la violencia como la cifra inscrita en la identidad latinoamericana, desde Chile a México, desde El Salvador hasta Argentina, que en este libro alcanza, además, resonancias universales.

Se puede emplear una metáfora geométrica para describir la obra de Bolaño: se trata de series de círculos concéntricos que se intersectan en espiral, rodeando el centro o cayendo directamente en él; ondas que se propagan por cuentos y novelas, poemas y artículos, casi siempre ligados entre sí por personajes, situaciones, historias y lugares. Tal vez la mayor anomalía del sistema, por así decirlo, el círculo aparentemente sin intersecciones, es Una novelita lumpen; pero ahí también están los temas de siempre de Bolaño y, por si fuera poco, desde el título dialoga irónicamente con la obra de José Donoso.

A tres años de su muerte, con dos libros póstumos anunciados -cuentos y poesías, respectivamente-, el rescate editorial de su primera novela, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, que pronto llegará a Chile, y la reciente aparición de una selección de sus entrevistas, aún queda mucho por leer de Bolaño. Y mucho más que decir: no es aventurado afirmar que, como la obra de Kafka, seguirá interrogando a los lectores y desafiando los intentos por reducirla a una sola mirada, a una sola lectura. Y no es tan arriesgado tampoco afirmar que, de los novelistas chilenos del siglo XX, Bolaño es uno de los destinados a perdurar en el tiempo. Su obra sigue ganando premios y, sobre todo, lectores, no sólo por el aura trágica de su prematura muerte -otra dimensión del peligro del oficio de la escritura-, sino, sobre todo, por su capacidad de abrir mundos, de establecer resonancias, de desarrollar un imaginario tan profundamente revelador como el contenido en su obra.

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