domingo, junio 21, 2009

El lenguaje y la vida cotidiana en el Tercer Reich

Sigo con el rescate de textos. Escribí este artículo en 2002 y no lo publiqué en ningún medio (no porque no quisiera, claro).

El legado de un filólogo

Victor Klemperer, un judío que vivió en la Alemania nazi desde que Hitler se hizo con el poder en 1933 hasta la sangrienta caída del régimen. Un filólogo eminente y escritor compulsivo que salvó la vida gracias a su esposa aria, Eva Schemmler, y que arriesgó la de ambos al escribir día tras día, en su diario, la crónica de la vida cotidiana bajo el Tercer Reich, de la que extrajo también un penetrante estudio sobre los lenguajes totalitarios.

Lingua Tertii Imperii

La lengua del Tercer Imperio, del Tercer Reich, fue designada por Klemperer por su sigla latina por un probable principio de autocensura que, en realidad, de muy poco le hubiera valido si la Gestapo hubiera descubierto sus diarios. Sólo dos años después del término de la guerra publicó LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, que fue editado en español por Editorial Minúscula, Barcelona, recién en 2001.

Pocos ejemplares de este libro ejemplar -valga la redundancia- han circulado en Chile. Lo mismo ocurre con la edición de sus diarios, editados por Galaxia Gutenberg con el título de una de las entradas, Quiero dar testimonio hasta el final, que suman casi dos mil páginas. Ambos libros están inextricablemente ligados. LTI es una reflexión más tranquila y distanciada sobre la época, donde Klemperer abre más espacio para la teoría, aunque también el libro tiene un marcado carácter autobiográfico y testimonial. Los diarios, en cambio, son la materia prima para aquella reflexión, sin tamiz alguno, con las repeticiones e imperfecciones que es posible esperar, pero que así logran quizá transmitir con mayor eficacia el horror interminable a que se vieron sometidos los Klemperer y el puñado de judíos que vivió en Dresde durante la guerra. Son también páginas de inmensa ternura, de un inclaudicable amor por la vida y una muestra notable de rigor profesional: aún en medio de la tragedia que día a día mostraba nuevas facetas y rigores, el filólogo se empeñaba en su tarea de registrar, clasificar y describir las características del lenguaje en una sociedad totalitaria.

Klemperer se salvó de la muerte por estar casado con una mujer alemana, factor que le permitió seguir vivendo en su ciudad, aunque en condiciones cada vez más penosas; luego, cuando casi al final de la guerra el partido nazi ordenó la ejecución de los pocos judíos que todavía residían en territorio alemán, el bombardeo que redujo Dresde a escombros (un acto brutal por donde se le mire y totalmente innecesario a esas alturas de la guerra) permitió al matrimonio Klemperer huir de sus perseguidores e iniciar un peregrinaje que concluyó tras la derrota total del nazismo.

Klemperer, hasta 1933, ejercía como profesor de literatura francesa en la universidad local. No quiso abandonar el país cuando el régimen nazi ascendió al poder, tal como lo hizo, por ejemplo, su primo, el director de orquesta Otto Klemperer; como tantos judíos alemanes, se sentía perfectamente integrado y para nada ajeno a la cultura del país.

Se resistía a adentrarse en la cultura nazi. “¿Para qué leer textos nazis? ¿Para amargarme la vida más de lo que me la amargaba la situación en general?”, se preguntaba, eso sí, muy al principio, cuando la persecución era moderada, y se refugió en su trabajo, la literatura francesa del siglo XVII, hasta que le prohibieron el uso de la biblioteca. Entonces asomó como objeto de estudio la LTI, observada en la vida cotidiana, en los diarios, en las proclamas, en los discursos. Y es que, para él, el famoso dístico de Schiller, “la lengua culta que crea y piensa por ti” se llenó de un significado muy distinto del estético que habitualmente se le atribuía: “¿Y si la lengua culta se ha formado a partir de elementos tóxicos o se ha convertido en portadora de sustancias tóxicas?”. Según Klemperer, “el nazismo se introducía en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica a inconsciente”.

Esas son las expresiones que rastrea y documenta en medio de indecibles dificultades. Hay una anécdota reveladora, tanto de su situación como del tono general del libro, que rehúye la autocompasión y muestra, incluso, humor en el relato de la desgracia:
“Nunca, nunca en toda mi vida, un libro me hizo retumbar tanto la cabeza como el ‘Mito del siglo XX’ de Rosenberg. No porque supusiera una lectura extraordinariamente profunda, difícil de comprender o estremecedora para el alma, sino porque Clemens me golpeó durante varios minutos la cabeza con aquel tomo. (Clemens y Weser eran los torturadores especiales de los judíos de Dresde y se los solía clasificar como el ‘pegador’ y el ‘escupidor’).
-¿Cómo te atreves, cerdo judío, a leer un libro así? –gritó Clemens. Le parecía una profanación de la hostia. -¿Cómo osas tener una obra de la biblioteca de préstamo?”.
El libro había sido pedido por la esposa aria de Klemperer, lo que lo salvó, en esa oportunidad, del campo de concentración. A pesar de las enormes dificultades para su trabajo de campo, el filólogo persistió en la escritura de su diario y registraba el creciente predominio de la LTI en Alemania, incluidas las víctimas, los judíos, que también veían cómo su expresión cotidiana se contaminaba por ese omnipresente bombardeo de palabras y expresiones.

Una de las grandes virtudes del libro es que muestra sin alardes la experiencia de judíos viviendo en territorio nazi. El texto se abre con una introducción donde se pone en el tapete el concepto de heroísmo, que, adoptado por la LTI, siguió contaminando el habla alemana hasta mucho después del fin del Tercer Reich. Conversando con estudiantes alemanes después de la guerra, Klemperer define posiciones y habla de lo que verdaderamente puede considerarse una actitud heroica bajo ese régimen, una oblicua, pero, sin embargo, explícita manera de rendir un homenaje a su esposa:
“Sé de un heroísmo mucho más desolado, mucho más silencioso, de un heroísmo que carecía del apoyo a la pertenencia de un ejército, a un grupo político, que carecía de cualquier esperanza en un futuro esplendor y que se encontraba en la más absoluta soledad. Me refiero a las pocas esposas arias (no fueron muchas) que se resistieron a todas las presiones para que se separaran de sus maridos judíos.”
Pero es la LTI el hilo conductor de este libro, escrito tras muchas dudas y vacilaciones sobre lo que debía hacer con el material acumulado en los diarios. Tomó la decisión de escribirlo tras el encuentro con una refugiada berlinesa que había estado un año en la cárcel y cuyo esposo, militante comunista, había pasado de la celda a un batallón de castigo.
“¿Por qué estuvo usted en la cárcel? pregunté.
Pues por ciertas palabras... (Había ofendido al Führer, los símbolos y las instituciones del Tercer Reich).”
Entonces decide escribir el libro, “por ciertas palabras”, por las siglas, por la puntuación, por palabras como “fanático”, a la que dedica, con pasión de filólogo, un capítulo entero. Es que la LTI no se caracteriza por su riqueza (al contrario, es de un pobreza abrumadora) ni, en general, por los nuevos vocablos; más bien desplaza el significado de las palabras y, a fuerza de repetirlas, termina por hacerlas abarcar un ancho campo semántico. Una palabra que estaba, hasta entonces, “a medio camino entre la enfermedad y el crimen” pasó a ser de uso cotidiano, a tal punto que fue progresivamente degradándose. Fanático “significaba la exacerbación de conceptos tales como ‘valiente’, ‘entregado’, ‘constante’ o, para ser más preciso, una concentración gloriosa de aquellas virtudes, y hasta el más mínimo matiz peyorativo desapareció del uso habitual de esta palabra por parte de la LTI” (aunque el mismo Hitler, en Mein Kampf, habla despreciativamente de los “fanáticos de la objetividad”, recuerda Klemperer). Se prestaba un “juramento fanático”, se realizaba una “profesión fanática de fe”, se tenía una “fe fanática” en los mil años que duraría el nazismo. Hasta que, de tanto repetir y repetir, fue necesario, anota Klemperer, que Goebbels, el gran propagandista del régimen nazi, apelara a un “superlativo más allá del superlativo”: en noviembre de 1944, escribía que la situación sólo podía salvarse “mediante un fanatismo feroz”. Como si, apunta Klemperer, “la ferocidad no fuera el estado necesario del fanático, como si pudiese existir un fanatismo dócil”.

“Lenguaje que crea y piensa por ti”. Esa fórmula, y la imagen del veneno ingerido en pequeñas dosis, imperceptibles pero igualmente dañinas, atraviesan todo el texto. Klemperer anota desde la extrañeza de una de sus compañeras de trabajo, aria, sumamente cordial con él (lo que era un gesto de valentía), acerca de que esté casado con una mujer aria, hasta manuales de literatura e incluso prospectos farmacéuticos, todos ellos infiltrados y envenenados por la LTI.

La LTI y el antisemitismo

Y aunque intenta mantenerse centrado en el propósito del libro, cada cierto tiempo y no podía ser de otra manera asoma también el problema judío o, más bien, el problema del radical antisemitismo de los nazis. Klemperer es un agudo observador, un analista cuidadoso, y escribe páginas notables sobre el tema, proyectando la ideología nazi sobre el fondo del romanticismo y, más en general, de la historia de la cultura alemana. Cita, por ejemplo, la Historia de la cultura alemana, de Wilhelm Scherer, un clásico muy anterior al nazismo, donde el autor sostiene que “el exceso parece ser la maldición de nuestra evolución espiritual. Volamos muy alto y caemos mucho más bajo. Nos asemejamos a aquel germano que, tras perder todas sus propiedades jugando a los dados, se juega su propia libertad en la última tirada, la pierde y acepta ser vendido como esclavo. Tan grande es la terquedad de los germanos incluso en el mal: ellos la llaman fidelidad”. Entonces Klemperer comprendió que “existe una relación entre las bestialidades del hitlerismo y los excesos fáusticos de la literatura clásica alemana y de la filosofía idealista alemana”.

En el capítulo “La raíz alemana”, uno de los más extensos del libro y del cual provienen las anteriores citas, Klemperer usa todas las herramientas adquiridas en su vida académica para adentrarse profundamente en el análisis del nazismo y establece una genealogía que, para mal de los nazis, comienza en un francés, Arthur Gobineau, autor del Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, publicado a mediados del siglo XIX. A los nazis les dolía que uno de sus archienemigos hubiera sido el primero en proclamar “la superioridad de la raza aria, el rango supremo y único de la germanidad no contaminada y la amenaza que sufre por la sangre semita, de calidad mucho peor, que penetra por doquier y que apenas puede calificarse de humana”. Casi al final de la guerra, el Instituto del Reich para la Historia de la Nueva Alemania editó La idea de la raza en el romanticismo alemán y sus fundamentos en el siglo XVIII, pero, según Klemperer, “Herman Blome, el honesto y estúpido autor, demostró justamente lo contrario de lo que quería demostrar”.

El libro de Klemperer es, además, una obra de impresionante humanidad, un relato vivo y actual, que proporciona un testimonio de primera mano sobre la vida cotidiana bajo el nazismo. Pero también es una poderosa lección para desenmascarar otras formas de infiltración de “elementos tóxicos” en el lenguaje cotidiano de hoy. Expresiones como “el eje del mal” son tan simples como reveladoras de la ideología que portan. Cuando el análisis de la sociedad suele expresarse, con aires dogmáticos, en el léxico de la economía, es fácil percibir una nueva forma de totalitarismo ideológico. Cuando, bajo la dictadura, de hablaba de “terroristas subversivos”, se producía un fenómeno similar al “superlativo más allá del superlativo” que usaba Goebbels. Tantas expresiones que, a fuerza de ser repetidas una y otra vez, ganan carta de ciudadanía y aires de verdad, cuando se trata, simplemente, de intentos masivos de adoctrinamiento, deliberados o no, pero presentes en la vida cotidiana, en nuestras lecturas, en nuestras conversaciones. Klemperer pone una voz de alerta que es bueno escuchar.

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lunes, octubre 15, 2007

Mujeres en guerra, 4: Margarete Buber-Neumann


Muy pocas mujeres, y muy pocos hombres, habrán vivido para contarlo. Es que el destino de Margarete Buber-Neumann es tan trágico como insólito: militante comunista desde los años veinte, casada con uno de los intelectuales alemanes del partido, huyó a la Unión Soviética tras el ascenso de los nazis al poder, en 1933. Cuatro años más tarde, en el peak del infierno paranoico de Stalin, Heinz Neumann fue detenido por sus desviaciones ideológicas y su rastro se perdió en las prisiones moscovitas. En 1938 fue el turno de Margarete. Tras varios meses en la Butirka, la prisión preventiva de Moscú, fue condenada a cinco años de reclusión, castigo que cumpliría parcialmente en Karaganda, gigantesco campo de concentración en medio de la estepa de Kazajstán.

El desolado páramo estaba apenas habitado por tribus de pastores nómades, y la extensión del Gulag a aquellas regiones tenía esencialmente propósitos colonizadores. Los presos debían cumplir tareas agrícolas, mayormente, en puntos situados a muchos kilómetros del campo central de Karaganda, así como preparar las condiciones para la explotación de yacimientos mineros en el sector. Apenas hay testimonios gráficos de instalaciones que en realidad eran chozas de barro y trochas infernales por donde traqueteaban camiones y carretas. Buber-Neumann tuvo la mala idea de protestar ante las autoridades del campo por la arbitrariedad de su detención, lo que le significó cumplir su pena en barracones de castigo. Sorpresivamente, a comienzos de 1940, fue llevada de vuelta al campo central y de ahí a Moscú, donde pasó unos meses excepcionalmente bien alimentada y bien tratada en la Butirka. El paso siguiente muestra con insólita crudeza una de las consecuencias más viles del tratado de no agresión que Stalin y Hitler suscribieron en 1939: los alemanes prisioneros del gulag, en su mayoría comunistas que habían huido de los nazis, fueron devueltos a estos últimos en Brest-Litovsk, la ciudad polaca que había pasado a ser la frontera entre ambas dictaduras.

El destino de Margarete fue el campo de concentración de Ravensbrück, en el norte de Alemania, donde llegó a comienzos de agosto de 1940. Diseñado más como un campo de trabajo que de exterminio, las condiciones de vida no eran tan extremas como en Auschwitz, Mathausen o Bergen-Belsen. No más de cien mujeres murieron en el primer año de estancia de Buber-Neumann en Ravensbrück, campo que continuó creciendo para proveer de mano de obra a los talleres de costura de la SS, que fabricaban todos los uniformes de la organización, y a Siemens, empresa que instaló fábricas (y luego barracones para las reclusas) a un costado del campo principal. La dieta era dura, pero soportable, y uno de los refinamientos del régimen de castigo consistía en la obligación de dejar las camas hechas (con sábanas y frazadas) de manera impecable en un reducidísimo lapso de tiempo. En otros lager, ya el jergón de paja era un lujo y el resto de los artículos, inexistentes.


A Margarete le asignaron distintas funciones durante su permanencia en el campo. Por dos años fue la jefa del bloque de las Testigos de Jehová, el barracón más organizado, ordenado, limpio y saludable de todo el campo, utilizado también para recibir a las visitas al campo. Era duro, pero contaba con la excepcional disciplina y rigor de las reclusas, que hacían una cuestión de fe mantener el orden y la limpieza.

Conforme avanzaba la guerra, el campo se fue llena
ndo de gente, las condiciones empeoraron muchísimo y las cifras de mujeres muertas ascendió violentamente. Buber-Neumann desempeñó diversas tareas, incluyendo trabajo esclavo en la Siemens, y sobrevivió, según ella señala en el libro, porque "era fuerte física y psíquicamente; siempre supe guardar un cierto respeto hacia mí misma; siempre encontré personas para las que yo era necesaria; siempre tuve la suerte de compartir la felicidad de la amistad, de las relaciones humanas". Una de sus grandes amigas fue Milena Jesenská, la última novia de Franz Kafka, llevada desde Praga a Ravensbrück, donde murió a comienzos de 1944. El origen de este libro está en la amistad con Milena y el mutuo compromiso que asumieron de contar lo que habían vivido.

El fin de la guerra acarreó otro desafío para Margarete: trasladarse desde Ravensbrück, en el territorio conquistado por los r
usos, al oeste alemán, en manos aliadas. Temía, justificadamente, que volver a caer en manos soviéticas implicaría prolongar su vida de reclusa. También lo logró, para dar testimonio y cumplir con su compromiso con Milena Jesenská.

El libro, con todo lo terrible que es la experiencia de Margarete, tiene también una clara intención ideológica, la denuncia del engaño tras los ideales comunistas. No es que Buber-Neumann apruebe los lager nazis, o que los encuentre menos brutales o menos asesinos; es que se extinguieron con la guerra y, al momento en que ella escribía, el gulag soviético gozaba de muy buena salud. Hay toda una línea narrativa sobre casos de ceguera aún ante la propia desgracia y de fanatismo aún en las peores circunstancias, línea que, para lectores contemporáneos, es un tanto excesiva: a nadie hay que convencer hoy de las aberraciones del estalinismo. En la perspectiva de la guerra fría, sin embargo, no cabe duda de que el testimonio de Margarete, con su afán de denunciar todos los totalitarismos, fue considerado en muchos casos como un insumo más en la batalla por las ideas. La perspectiva del tiempo devuelve su libro a lo esencial, a la experiencia casi única de haber comprobado, en su propio cuerpo, que el lager y el gulag son la misma cara de la misma moneda.

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miércoles, octubre 03, 2007

Mujeres en guerra, 3: Liana Millu


Liana Millu nació en 1914 en Pisa, Italia, en el seno de una familia judía. Se dedicó al periodismo, pero poco pudo ejercer, tanto por su condición de judía como por su oposición al régimen fascista. En 1943 se incorporó a la Resistencia. Arrestada por la Gestapo en marzo de 1944, fue deportada al complejo de Auschwitz-Birkenau, en el sur de Polonia, sobre la margen del río Vístula. Tuvo la fortuna de ser trasladada, luego de algunas semanas, al campo de Ravensbrück, en Alemania, y luego a Stettin, en el noroeste de Polonia, a trabajar en una fábrica de armamentos.

Sobrevivió al terrible recorrido, del cual hubo un lugar que le dejó la marca más indeleble. En 1947 publicó El humo de Birkenau, seis relatos que Primo Levi, también sobreviviente de Auschwitz, describió en el prólogo co
mo "el más conmovedor de los testimonios italianos" sobre la experiencia del lager, campo de concentración o -en el caso de Auschwitz-Birkenau- campo de exterminio.

Levi cierra así su texto:
De cada uno de estos itinerarios humanos en un mundo inhumano surge un aura de tristeza lírica, incontaminada por la cólera o el lamento desgarrado, de dolorosa sabiduría mundana, que demuestra que la autora no sufrió en vano.
De manera algo oblicua, Levi enlaza aquí con su propio testimonio, contenido en la ejemplar Trilogía de Auschwitz. El primer libro, Si esto es un hombre..., apareció por primera vez en 1947, el mismo año en que Millu publicó el suyo; y en un epílogo añadido en 1976, el químico italiano atribuyó señaló que, en alguna medida, había podido escribirlo gracias a
la voluntad no sólo de sobrevivir, común a todos, sino de sobrevivir con el fin preciso de relatar las cosas a las que habíamos asistido y que habíamos soportado.
La voluntad de ser testigo, de dar testimonio, de no haber sufrido en vano, es la clave de lectura para la narrativa testimonial sobre el Holocausto y el lager. El registro de Millu, empero, es más demoledor que las páginas
de Levi. En ambos hay distancia, en ambos hay una ausencia de rencor que torna más punzante y terrible su testimonio; pero, mientras Levi traza una crónica lineal de su experiencia en el campo, Millu elige seis momentos, seis historias, seis vidas que se truncan, seis tragedias que cortan la respiración y que devuelven, casi por necesidad, a tratar de completar la interrogante de Levi: si esto es un hombre, ¿qué es, en qué consiste y dónde termina la condición humana?


Vista aérea del complejo de Auschwitz-Birkenau. Levi estuvo en Auschwitz 1, al costado superior derecho de la fotografía; Millu, en la parte sur de Birkenau, en los pabellones vecinos a los hornos crematorios.

Es que estas historias sobrecogen porque, detrás de cada personaje que desaparece arrastrado por la fría rutina del exterminio masivo, se adivinan cientos, miles, millones de tragedias individuales; cada muerta, cada muerto, portaba una carga de esperanzas y el legítimo anhelo de vivir. En los tableros de madera del lager, en la
s filas para recibir el aguachirle de nabos que semejaba el almuerzo, había espacio para la ilusión, la esperanza y la afirmación de la vida; pero, tal como lo muestra de manera tan atrozmente eficaz Liana Millu, el sentido del campo era, precisamente, truncar toda esperanza, matar toda vida, hasta que el humo de los crematorios terminara de esparcir su amargo tufo.
Y todo era sólo humo. Humo sobre los campos de concentración, la ciudad y el burdel; humo sobre la maldad y la inocencia, la sabiduría y las locuras, la muerte y la vida.
Quizá la historia más terrible es La clandestina. Reasignada a una nueva función, Liana conoce a Maria, judía alemana que también lleva poco tiempo en el campo, que guarda un secreto amparado en la loca esperanza de que pronto llegará el fin de la guerra: espera un hijo. A mujeres en esas condiciones, las hacían abortar antes del ingreso al campo; si el embarazo estaba muy avanzado, la mujer pasaba directo al crematorio. Maria lo ocultó y, tras meses de fajarse el vientre, ya no puede seguir ocultándolo.

Una noche celebran una fiesta judía en el barracón. Cuando vuelven a sus sitios, Liana y Maria se asoman por uno de los estrechos ventanucos de la pared:
Vimos el cielo nocturno rojo y resplandeciente debido a las enormes llamas que se elevaban sin interrupción de las torres de los crematorios y rodeaban el campo entero con una alta corona de fuego, visible desde las casas de Auschwitz, desde las casas de los campesinos, desde los poblados más lejanos.

"Esta noche sí que queman en Birkenau", comentaría tal vez aquella gente.
Lo cierto es que, al otro día, se acelera, para Maria, el reloj de la tragedia. Es descubierta; a partir de ese momento, para evitar escándalos, cumplirá tareas en el barracón, pero es, simplemente, una manera de disminuir sus fuerzas con mayor rapidez. Sin embargo, cuando llega el momento, hasta las más duras guardianas asisten a la parturienta, de noche, a la luz de las velas, y el milagro de la vida aún en esas condiciones de inhumanidad las vuelve, por un momento, a vidas anteriores y, sobre todo, a la esperanza en el futuro, al dicho que se repite con insensata fe: "El año que viene, la libertad". El resto es previsible, pero no por ello menos demoledor.

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jueves, septiembre 13, 2007

Mujeres en guerra, 2: Anónima


De Anónima, la autora de Una mujer en Berlín, se sabe poco. Apenas que se trataba de una periodista fieramente escéptica frente al nazismo, muy inteligente, capaz de un análisis distanciado y filoso de su país y de su época. Vivió en París y otras capitales europeas. Conoció la Unión Soviética y aprendió a hablar ruso de manera rudimentaria. El último año de la guerra quedó atrapada en Berlín, trabajando en una editorial. Comenzó a llevar un diario a partir del 20 de abril de 1945, cuando era inminente la caída de Berlín en manos soviéticas, y lo prolongó hasta el 22 de junio del mismo año, cuando ya la situación parecía aproximarse a aquello tan elusivo que puede denominarse normalidad.

Anónima, mujer elegante y guapa, de poco más de treinta años en aquel momento, vivió lo peor de la ocupación rusa, una experiencia infernal de violaciones sin cuento. El diario fue su manera de resolver el dilema entre la humillación y la muerte. En páginas escritas con la prisa y la urgencia de la catarsis, Anónima habla de las mujeres alemanas consideradas como botín de guerra, de los códigos de sobrevivencia entre las ruinas del Tercer Reich, de la experiencia colectiva de la humillación y del hambre. No evade ningún tema: ni la responsabilidad alemana en la agresión, ni el feroz egoísmo que asoma en condiciones de tensión extrema y lucha por la sobrevivencia, ni la pregunta sobre si es no no es una prostituta, desde el momento en que recibe alimentos a cambio del uso de su cuerpo. Y a pesar de las prisas, está notablemente bien escrito, con el doble apremio de la desesperación y del anhelo de vivir, de rendirse, a pesar de todo, a la "oscura y maravillosa aventura de vivir. Persevero en ella por curiosidad, y porque me alegra respirar y sentir mis miembros sanos".


En este desolado paisaje de ruinas transcurre el relato de Anónima.

Temible lucidez, la de Anónima, que resuelve en la escritura los temas que a la viuda con que comparte el alojamiento le provocan horribles pesadillas, lucidez que logró aceptar la conveniencia de que su diario fuera publicado. Apareció primero en Estados Unidos y, a fines de los años cincuenta, en Alemania, donde la recepción fue todo menos benévola. Al igual que Gerd, su novio, cuya aparición en su casa motiva que pusiera punto final al diario, los alemanes no entendieron ni fueron capaces de aceptar la franqueza y crudeza de su descripción de las relaciones con los rusos, con los triunfadores, con los violadores. Es que el diario -y el lenguaje de Anónima en esos meses- refleja una experiencia de humillación y exigencia física (tras las violaciones, vino el hambre) como nunca se imaginaron los alemanes. Y aunque dista mucho de lo que tuvieron que soportar ludíos, comunistas, católicos, gitanos, gays y prisioneros de guerra en los campos de concentración nazis, muestra otra faceta terrible de la guerra, la derrota de quienes además saben que es justa, aunque nada hicieron por provocarla.

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martes, julio 03, 2007

Mujeres en guerra, 1: Marie "Missie" Vassiltchikov

Marie "Missie" Vassiltchikov nació en San Petersburgo en 1917. Llegó a Berlín, Alemania, en 1940, huyendo de la invasión soviética a Lituania, país donde su familia se había refugiado tras la Revolución de Octubre. Familia aristocrática, de la "Rusia Blanca" que combatió contra los bolcheviques; familia exiliada, pues, del poder y de la patria, pero aún con tierras donde ejercer su estilo de vida y con una vasta red de contactos con la nobleza de toda Europa. Missie creció en Lituania, aprendió a hablar inglés y francés, pero su fuga terminó en Berlín.

Entre enero de 1940 y septiembre de 1945 llevó un detallado diario, editado y publicado por su hermano George en 1985, con el título Los diarios de Berlín (1940-1945). Hay una edición de 1989 en Seix Barral, accesible en librerías de segunda mano en España, y una muy reciente de la editorial El Acantilado. Missie había encontrado trabajo en el Ministerio de Relaciones Exteriores del Tercer Reich; trabajo -el de ella-burocrático, con poco acceso a información confidencial, pero sí con el cotidiano contacto y la amistad con algunos de los principales conspiradores que querían asesinar a Hitler para negociar cuanto antes la paz.

El diario de Missie es un notable documento de época. Con saltos, con meses perdidos, con entradas irregulares, de todos modos cubre la vida cotidiana en Berlín (y en Viena y otras ciudades austríacas en 1945) durante el período de la guerra. No destaca por el estilo, más bien práctico y casi telegráfico en ocasiones, ni por el análisis político, sino como demostración de la capacidad de sobrevivencia en una época y en un lugar durísimos para vivir. Missie nunca se derrumba, ni siquiera cuando fracasa el atentado del conde von Staufenberg y muchos de sus amigos más cercanos van a dar a las cárceles de la SS, y nunca deja que se pierda de vista que se trata de una mujer joven, guapa y coqueta, que aprovecha las ocasiones más inesperadas para tenderse al sol y tratar de broncease.

Entre los conspiradores y amigos se contaban los descendientes de ilustres familias alemanas, como Otto y Gottfried von Bismarck y Paul Metternich, quien se casó con una hermana de Missie. Una de las primeras entradas narra una recepción en la embajada de Chile en Berlín, primera oportunidad para que la autora y protagonista pueda encontrarse con sus amistades europeas y bailar hasta la madrugada en Berlín. Uno de los acontecimientos que Missie narra con más detalle es el matrimonio del príncipe Constantino de Baviera con Marie-Adelgunde de Hohenzollern, que se celebró en el Castillo Sigmaringen a mediados de 1942. Missie, por estos y otros detalles, ha sido calificada de superficial y frívola, pero ello sólo habla mal de los lectores que incurren en esos calificativos. Missie es, ante todo, una joven normal, cuya ansia de vivir no claudica ante los horrores de la guerra. Y así como narra su fiesta en Sigmaringen, da detalles también de los bombardeos a Berlín y -con mucha delicadeza- de los avances de la conspiración. El diario acelera el pulso narrativo en los cruciales meses de 1944, cuando finalmente los conspiradores pasaron a la acción y, lamentablemente, fracasaron. Casi de manera milagrosa, Missie y su amiga Loremarie Schönburg, una de las conspiradoras más imprudentes, salieron indemnes, pero como testigos impotentes ante la detención (y muerte, en muchos casos) de sus amigos. En septiembre, pocas semanas después del atentado, Missie obtuvo una licencia médica y abandonó Berlín. En 1945, recuperada, se fue a Viena y fue reclutada como enfermera. Ella y dos amigas siguieron la ruta de fuga de los hospitales hacia el Oeste, huyendo del implacable avance soviético.

Missie sobrevivió a la guerra, a la desnutrición y a la escarlatina que la tumbó en la cama cuando la guerra ya había terminado. El 17 de septiembre, cuando ya todo estaba volviendo a un cauce más normal, puso fin a su diario. "Regresé en coche a Johannisberg a través de Bad Schwalbach, pasando por los preciosos bosques de Taunus. Allí el silencio es absoluto, y una sensación de paz y quietud lo invade todo".

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lunes, mayo 14, 2007

Canaris

1. Canaris y Chile. Es llamativo que el almirante Wilhelm Canaris -personaje misterioso, cuya fama como jefe de los espías del Tercer Reich trascendió largamente su época- no esté incorporado al panteón místico-revisionista que con tanto entusiasmo ha cultivado Miguel Serrano, mausoleo que ha recibido, en los últimos años, más de una reverente visita desde el territorio de la ficción made in Chile.

Es llamativo porque el almirante tuvo una larga relación con Chile, según lo documenta Richard Basset en El enigma del almirante Canaris. Historia del jefe de los espías de Hitler. Navegó por estas costas. Hizo ejercicios navales en Tierra del Fuego y Chiloé. A bordo del Dresden, jugó al escondite en el Pacífico Sur, durante varios meses, con la flota imperial inglesa en 1916. El Dresden fue el único navío alemán que sobrevivió a la catastrófica derrota teutona en las Falkland, a fines del año anterior; y cuando finalmente fue atrapado frente a las costas de Juan Fernández, una última y habilidosa jugada del subteniente Canaris, oficial de inteligencia a bordo, permitió que la tripulación desembarcara y hundiera su barco, impidiendo así a los ingleses darse el gusto de cañonearlo a discreción (buscando fotos del Dresden, di con el sitio web de la comuna de Juan Fernández, donde hay una versión de la historia bastante distinta a la de Bassett). En premio a su desempeño fue el primer oficial autorizado huir del archipiélago chileno, donde se suponía que toda la tripulación del Dresden debía permanecer internada hasta el fin de la guerra. Demás está decir que la fuga de Canaris (y, luego, de casi toda la tripulación) contó con el decidido apoyo de los anfitriones.

Canaris, con el curioso seudónimo de Reed Rosas, “un melancólico viudo chileno”, cruzó la cordillera y se embarcó hacia Europa en Buenos Aires. Fue destacado a España, país donde organizó eficazmente la red de apoyo y abastecimiento a los submarinos alemanes. Descubierto en el juego del espionaje, estuvo a punto de ser atrapado cuando huía de España a bordo de un submarino, pero logró regresar a su país.

Cuando ya era jefe del Abwehr, el servicio de inteligencia exterior de Alemania, mantuvo una relación cercana con el agregado naval chileno destacado en Berlín, Alfredo Hoffmann, a quien prestó un gran servicio. En agradecimiento, “todos los datos de relevancia que supo Hoffmann en sus tareas de inteligencia fueron comunicados asimismo a la Abwehr”. Es difícil, sumamente difícil, que Alfredo Hoffmann haya tenido algo que ver con la creación del personaje de Carlos Ramírez Hoffmann, el infame Ramírez Hoffmann, en La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño. Mal que mal, el apellido de marras es bastante común en Chile. Pero vaya uno a saber. En el listado de documentación privada que abre la bibliografía selecta del libro de Bassett, están los Archivos de Hoffmann (Chile). Según el muy poco confiable Víctor Farías, Alfredo Hoffmann figuraba en "una 'lista negra' de los oficiales antinazis" en las fuerzas armadas chilenas, elaborada por la Abwehr, que cumplía una función orientadora "en sentido defensivo". Si lo que asegura Bassett es cierto, o al menos apunta en la dirección correcta, es bien probable que la lista de Farías no haya sido precisamente negra.

2. Canaris y los nazis. La ausencia de Canaris del panteón mítico mágico energético de la Patagonia chilena puede explicarse, claro, cuando se precisa que Canaris no fue nazi. Desde el comienzo de su desempeño como jefe de la Abwehr siguió el doble juego de fortalecer su servicio, haciéndolo el más eficiente en las tareas de espionaje, y de socavar, paralelamente, el esfuerzo bélico del Reich.

La tesis de Richard Bassett es que el almirante desempeñó un papel crucial en los intentos de derrocar al régimen nazi, que estuvieron más cerca del éxito en 1938 que incluso en 1944, cuando el azar libró a Hitler de los mortíferos efectos de la bomba colocada por von Stauffenberg en Rastenburg, Prusia Oriental, desde donde el führer dirigía el curso de la guerra (o lo que de él podía dirigir a esas alturas); y más todavía en las gestiones -siempre secretas, a contrapelo, en juegos dobles y hasta triples- para negociar la paz, intentos que se prolongaron hasta bien entrado el año 1943.

Su postura le salió cara. A comienzos de 1944, la Abwehr fue intervenida y Canaris pasó a retiro. No participó ni de lejos en el atentado de Stauffenberg, aunque sabía del intento y fue rápidamente informado del fracaso; pero era un sospechoso ejemplar y, como tal, fue rápidamente encarcelado. En abril del año siguiente, cuando la caída de Berlín era inminente, Canaris y otros prominentes opositores fueron ahorcados, para evitar que cayeran en manos de los aliados.

3. Canaris y las negociaciones de paz. Bassett sostiene que los esfuerzos para negociar la paz fueron mucho más sostenidos y firmes que lo que indica la historia oficial. También desmiente categóricamente la tesis de que, de haberlo querido realmente, la oposición a Hitler lo habría desbancado con facilidad.

Entre ambas interpretaciones, el autor busca una línea propia que contribuya a una labor de suyo difícil: develar la vida de un espía ejemplar. La censura -aún- sobre material confidencial dificulta conocer el mapa completo, aunque queda claro que hubo, siempre, intentos. Cuán cerca estuvieron de concretarse, es harina de otro costal. En su empeño por resaltar la figura de Canaris, Bassett parece caer, a veces, en la exageración opuesta.

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viernes, noviembre 10, 2006

La fiebre del oro, 2: el Tesoro de Yamashita

Los periodistas Sterling y Peggy Seagrave han dedicado buena parte de su vida profesional a sacar a la luz trapos sucios de prominentes Estados, familias y organizaciones. Sus libros se van encadenando uno tras otro: desde la dinastía Yamato a la familia Marcos, hasta el último, y primero traducido al español, Los guerreros del oro. El tesoro de Yamashita y la financiación de la guerra fría.

Los amantes de las teorías de conspiración gozarán con este libro. Quienes las toman a beneficio de inventario, avanzarán dificultosamente en la lectura. Esas teorías suelen no resistir un análisis racional; basta suponer la ausencia o presencia de algún factor para que se derrumben o parezcan del todo inverosímiles. La historia y la política incluyen siempre un fuerte componente azaroso; en cambio, las conspiraciones requieren de la conjunción de voluntades y de factores diversos tan difíciles de lograr como el crimen perfecto de las novelas policiales.

Y cuando se trata de una conspiración de las proporciones que denuncian los Seagrave, que involucra a gobiernos como el estadounidense, el británico y el japonés, por lo bajo; los más grandes consorcios financieros mundiales; líderes de la yakuza japonesa y fabircantes de heroína del Triángulo Dorado; el Vaticano; el emperador Hirohito y toda su familia; el ex dictador Marcos y toda su familia, hay razones para abordar el texto con muchas prevenciones, a pesar del abundante aparato de notas que indican las fuentes desde donde los autores obtuvieron la información (además, por 50 dólares, es posible comprar tres cds de respaldo en el sitio web de los Seagrave; en el texto hay múltiples referencias a este respaldo, que creció de dos a tres discos desde que apareció en español).

La historia es plausible, en todo caso. Lo que mueve a la desconfianza son sus dimensiones siderales y la variedad de los involucrados. Tal como dice el texto de la contratapa, “la trama de corrupción y de crimen revelada en este libro es tan escandalosa que parecería novelesca, si los autores no nos ofrecieran una amplia documentación para verificarla”. Y, sin embargo, la editorial Crítica, que es muy seria, no publicó este libro en la colección lógica, “Crítica Memoria”, donde han aparecido un gran número de textos referidos a la Segunda Guerra Mundial y a la guerra fría, sino en “Letras de Crítica”, colección que alberga más bien ensayos, opiniones y temas de teoría política (entre otros autores, están los economistas Paul Krugman y John Kenneth Galbraith). Pero vamos a la historia.

El expansionismo japonés: una empresa de rapiña

No hay matices en el análisis de los Seagrave. Desde 1895, en Corea, en Manchuria, en China, en Filipinas, en Malasia, en todos los países ocupados por la fuerza por el Imperio del Sol Naciente, se trató no sólo de la expansión territorial y del acceso expedito a materias primas, sino sobre todo de una expoliación sistemática de todas las riquezas posibles, con especial énfasis en las piedras preciosas, el oro y los objetos de arte. Se creó una organización, el Lirio Dorado, para acopiar los bienes, que estaba a cargo de los príncipes de la casa imperial. El saqueo fue especialmente riguroso en la península de Corea, una cultura mucho más antigua y refinada que la japonesa. Mientras duró la hegemonía nipona en Oriente, los tesoros llegaron a depósitos en cámaras del Palacio del Emperador, al Ejército y al Estado, especialmente para financiar el esfuerzo bélico. Mano de obra esclava llegó a los grandes conglomerados industriales, los zaibatsu, con más intensidad en la década de los treinta y mientras duró la guerra. La expoliación incluía también, desde luego, los recursos naturales -mineral de hierro, cobre, petróleo- que Japón se limitaba a extraer y transportar, sin pagar por ellos.

Las cuevas del tesoro

Cuando el bloqueo de los submarinos estadounidenses tornó en extremo riesgosa la navegación entre Japón y Filipinas, en 1943, fue necesario esconder el botín en este último país. Según los Seagrave, fuera cual fuera el desenlace de la guerra, los japoneses siempre contaron con mantener a Filipinas bajo su dominio, cosa bastante poco probable si se considera que el general Douglas McArthur, el derrotado en Filipinas, era la máxima autoridad militar estadounidense en la zona y se había preocupado de dar contenido a su famoso “volveré”.

De cualquier modo, algo había que hacer con las miles de toneladas de oro y piedras preciosas arrebatadas en Filipinas, Birmania, Malasia, Singapur, Hong Kong, Indonesia, Viet-Nam, Laos, Camboya, Indonesia, Tailandia, entre otros, y el territorio escogido para esconder el botín de guerra fue Filipinas. En la capital, Manila, se excavaron túneles y cámaras en torno y bajo la ciudadela, antigua fortificación española que ya tenía un complejo sistema subterráneo. Además, en la meseta cercana a Luzón, más al norte, había redes de cavernas naturales que fueron ampliadas y trabajadas para esconder enormes cantidades de lingotes de oro, estatuas de Buda del mismo metal, diamantes, rubíes, esmeraldas y objetos preciosos. Tanto la mano de obra esclava, formada por la población local y prisioneros de guerra occidentales, como los ingenieros y técnicos japoneses que supervisaron la operación, fueron enterrados vivos, para asegurar el secreto (pero los Seagrave encuentran testigos sobrevivientes con toda facilidad).

A cargo de la operación filipina estaba uno de los príncipes de la casa imperial. En el aspecto bélico, a mediados de 1944 asumió el mando el general Yamashita, uno de los más grandes estrategas en el mando de tierra del Japón, que humilló repetidas veces a McArthur y tornó lo que iba a ser su triunfal regreso en una humillante y extensa campaña que sólo concluyó tras la rendición de Japón.

En este punto se separan las historias oficiales de la que narran los Seagrave, aunque, en rigor, el sistemático saqueo nipón tampoco existe en la narrativa oficial.

El pacto de silencio

Yamashita rindió sus tropas, alrededor de cien mil hombres, e inmediatamente fue sometido a juicio. Se le acusó de crímenes de guerra especialmente por la batalla de Manila, que duró diez días. La acusación era difícilmente sostenible, puesto que las órdenes de Yamashita al almirante Iwabushi, a cargo de la ciudad, era que destruyera las instalaciones portuarias y retrocediera hacia el interior para resistir junto a los otros cuerpos del ejército a su mando. Iwabushi desobedeció la orden, se atrincheró en la ciudad, dio libertad a sus tropas –que saquearon, mataron y violaron mujeres filipinas a placer- y convirtió Manila en un infierno. El juicio, empero, avanzó con sorprendente rapidez y Yamashita fue ahorcado. Según los historiadores Williamson Murray y Allan Millet, autores de La guerra que había que ganar, tal celeridad y lo drástico de la condena obedecieron al odio de McArthur hacia un oficial que había demostrado ser mucho más eficiente que él en el campo de batalla.

Los Seagrave sostienen otra teoría. Según datos que manejan, la inteligencia estadounidense ya tenía pistas acerca de los escondrijos en las cuevas filipinas. No podían torturar a Yamashita, que tenía abogados, pero sí a su chofer, el comandante Kojima. Aquí surge otro personaje de cuento, Severino García Díaz Santa Romana, filipino casado con una de las herederas más ricas del archipiélago y especialmente hábil en la tortura. Tras muchos días de sistemático suplicio, doblegó la resistencia del chofer de Yamashita y obtuvo la ubicación de algunos escondites del tesoro.

Distintos personajes estuvieron detrás de Santa Romana, Samy para los amigos, pertenecientes a diversos organismos estadounidenses. Todos ellos llegaron a McArthur con la noticia y éste la hizo llegar a Washington. La decisión de Truman fue ocultar el hallazgo, por razones estratégicas, políticas y económicas. Cuidar el patrón oro y evitar la devaluación del dólar, contar con recursos para la cruzada anti comunista y evitar la complicadísima tarea de devolver a cada quien lo que le correspondiera fueron algunas de ellas. Sin embargo, es fácil advertir, como lo hacen los autores, que confiar fondos gigantescos a agencias gubernamentales sin imponer –mejor dicho, sin poder exigir- la obligación de rendir cuentas es abrir la puerta a la corrupción. Una estimación baja del tesoro de Yamashita –es decir, sólo lo acumulado en las cavernas de la meseta- se eleva a 100 mil millones de dólares de la época, es decir, por lo bajo unos 900 mil millones de dólares de hoy.

Cifras que marean

Pero hay que andarse con cuidado con las cifras, que sobreabundan en el libro, con frecuencia se contradicen entre una y otra página y son tan estratosféricas que da vértigo. Pero no sólo eso: el relato es repetitivo, abunda en detalles que no son atingentes, abusa de los “se dice” para luego darlo como hecho, hay largas secciones que tratan asuntos bastante laterales y un manejo mañoso, por decirlo de alguna manera, de otras fuentes.

Sería demasiado largo siquiera intentar resumir la trama de corrupción y crimen que se despliega a partir del descubrimiento del Tesoro de Yamashita. Sin duda que el contexto de la guerra fría llevó a que el gobierno estadounidense pusiera en la nómina de la CIA a criminales de guerra nazis y japoneses. También está fuera de cuestión que en el empeño por mantener a Japón como un bastión anti comunista hubo sobornos cuantiosos y que, probablemente, fueron financiados con riquezas saqueadas por los japoneses a terceros países; el gobierno estadounidense reconoce oficialmente la recuperación de 550 toneladas de oro. Y es posible también que todas las denuncias de los Seagrave sean ciertas; el problema con el libro es que no es convincente, a pesar de la montaña de datos, y que el desfile de miles de millones de dólares termina por sembrar la sensación de irrealidad.

Un caso notorio de abuso de fuentes respetables se refiere a Richard Nixon, acusado por los Seagrave de haber cedido completamente el control del Fondo M (creado sobre la base del tesoro de Yamashita para financiar operaciones de campo en Japón destinadas a mantener la hegemonía del partido cercano a los intereses de Washington) a los japoneses, a cambio de recibir apoyo financiero para la campaña presidencial de 1960, cuando enfrentó a Kennedy y perdió. Si Nixon, como vicepresidente, podía tomar una decisión de este tipo, ¿qué real necesidad había de que cediera el control del Fondo M, que ascendía a 30 o 35 mil millones de dólares de la época? Para dar fuerza a su acusación, Los Seagrave citan como autoridad a Anthony Summers, autor de la estupenda biografía de Nixon La arrogancia del poder. Summers, dicen los Seagrave, “demuestra que para impulsar su carrera política, Nixon llegó a tener tratos financieros con Meyer Lanski y otros personajes del mundo del crimen organizado”. Efectivamente, Summers pudo concluir que Nixon recibió a lo menos 500 mil dólares de parte de Lanski y probablemente otra cifra igual de la mafia italiana. Un millón de dólares, cifra que los Seagrave se cuidan de no indicar. Por carambola, si Nixon aceptó ese dinero sucio, ¿por qué no iba a hacer tratos con los japoneses? Podría haberlo hecho, por cierto, pero de Nixon se puede decir muchas cosas, menos que era tonto.

Se puede también estar de acuerdo con una de las conclusiones de los Seagrave: Estados Unidos se ha convertido “en una nación a la que ya no respeta la mayor parte del mundo, una nación movida por la codicia, viciada por el tráfico de influencias, controlada por el temor y engañada por la mentira”, pero para ello basta leer los diarios, no hace falta el Tesoro de Yamashita para convencerse.

La historia es provocativa, pero está desperdiciada por falta de rigor y exceso de detalles poco relevantes. De hecho, no sería extraño que en una próxima edición o en el cuarto cd apareciera el certificado de depósito de 9.6 toneladas de oro en el HSBC, que parece ser lo único real en la trama de El número Landry.

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